lunes, 21 de febrero de 2011

Singapur



Cádiz se encontraba en el inframundo… o donde sea que se encuentran los demonios… o donde sea que creen los humanos que se encuentran los demonios… Cádiz se encontraba en el inframundo recostada sobre su espalda mientras su cola felina, esponjosa y negra se agitaba nerviosamente. Sus piernas se mecían, suspendidas sobre la hirviente roca, y su ceño fruncido delataba el aburrimiento de aquellos ojos dorados.
Allí no había absolutamente nada interesante que hacer. El rey de reyes y emperador entre emperadores dominaba en esas tierras de fuego, ceniza y oscuridad; por lo que no era de extrañarse que la inactividad se hubiera cernido ya completamente por aquellos rumbos. Cuando lo consideraba oportuno el viejo saco de calcio ahumado se desperezaba en su trono de piedra caliza, haciendo sonar cada una de sus vértebras, y con un dedo huesudo y feo le ordenaba al que se encontrara más cerca que se ocupara de  algún humano desviado y pecador. El susodicho se desvanecía en un santiamén y unas cuantas décadas después volvía a aparecer en aquella tierra de cielo rojizo sangre y lagos negros como el hollín para encontrarlo todo exactamente igual.
Bufó molesta. ¿Cuantos cientos de años más pasaría ahí metida desperdiciando su energía? Era joven, hermosa, perfecta, divertida, talentosa, esforzada, responsable… quien sabe cuántos adjetivos más… ¿Y estaba en ese putrefacto hueco con olor a azufre esperando a que un viejo barbudo y decrépito le dijera que hacer? ¡Ni hablar! Se levantó de repente y comenzó a andar con paso firme, bamboleando sus caderas de un lado al otro, hasta llegar a una de las profundas posas dispersas en aquel paraje maligno y desierto. Entonces se acuclilló emocionada ante la escena que se desplegaba frente ella.
Humanos… Humanos por doquier… Humanos llorando, riendo, corriendo, gritando, besándose, sangrando, durmiendo, comiendo, duchándose, leyendo, bailando… Cientos, miles, millones de humanos… Humanos irradiando vibras de colores luminiscentes, fuertes y deliciosos… Humanos dejándose llevar por sus deseos y anhelos… Humanos sucumbiendo ante el pecado, rindiéndose ante sus debilidades… Eso era lo que ella deseaba… Humanos…
Sin pensarlo más se inclinó hacia delante sumergiendo su rostro en el metálico y helado líquido. En seguida sintió como su cuerpo era arrastrado por un vórtice poderoso y luego transportado a la más profunda oscuridad…
Cuando despertó de nuevo se encontraba desnuda entre altos matorrales silvestres. El sol brillaba suavemente y escuchaba el débil trino de alguno que otro pájaro. Había nubes que avanzaban lentamente, con pereza, y una brisa fresca que agitaba el mundo suavemente. Se puso en pie y sin rumbo alguno comenzó a andar tranquilamente...
Aquello no se parecía en nada a las imágenes caóticas y dinámicas que había visto en la posa. Estaba en un paisaje tranquilo, de montañas bajas y costas serenas. Ni rastro de ciudades agitadas, mercados sucios y suburbios peligrosos… Entonces vio a alguien andar por un delgado camino de piedra, no demasiado lejos de ella. Emocionada comenzó a correr hacia la persona hasta que el último tramo lo cubrió de un salto quedando frente al humano y provocándole un susto cardiaco. El hombre retrocedió un par de pasos de forma instintiva para luego quedar paralizado en su lugar. La observó de arriba abajo mientras sus ojos oscuros y aburridos comenzaban a llenarse de miedo.
Cádiz avanzó un poco mientras le dedicaba una sonrisa casi animal al frágil mortal frente a ella. Entonces las facciones del hombre se deformaron por completo y luego de soltar un gemido de pánico, comenzó a correr en dirección contrario. Frunció el ceño al ver como este huía de ella.
Entonces dio un nuevo salto veloz con el que cubrió la distancia que la separaba de su víctima. Lo tomó por la nuca con sus afiladas uñas como garras y con la ayuda de la inercia lo llevó al suelo. El hombre comenzó a removerse intentando por todos los medios librarse del agarre titánico. Mientras tanto ella sentía como el miedo emanaba de cada uno de sus poros. Delicioso…
-¿Dónde estoy? –Su voz era dulce e inocente. El hombre emitió más chillidos y lamentos de angustia. -¿Dónde estoy…? –Volvió a preguntar tranquilamente mientras apretaba más el cuello apresado en su mano.
-¡Sing… Singa… pur! –Sonrió complacida para luego terminar de cerrar el puño. Las cervicales crujieron bajo sus delgados dedos. Entonces se irguió de nuevo y comenzó a andar.  
-Singapur… -Repitió pensativa. –Singapur, Singapur… -Se mordió el labio, mientras buscaba entre sus recuerdos. –Singapur… -De repente una sonrisa descomunal se formó en su rostro. – ¡Singapur! –Exclamó finalmente cuando se hubo cerciorado de que en el inframundo… o donde sea que se suponía vivían lo que los humanos llamaban demonios… no había ningún lugar llamado Singapur…

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