La cortina de agua había creado un mundo, una burbuja escondida en las entrañas de la tierra inalcanzable para el resto de la vida. Se encontraba ahí, en aquella soledad, en aquella oscuridad parcial interrumpida por extraños reflejos coloridos que brillaban a ciertas horas, en ciertos momentos. Las tonalidades y formas eran dignas de ser observadas, o por lo menos estaban haciendo el esfuerzo por llamar su atención. Así que también tenía que dar de su parte. Abría sus parpados renuentes y fijaba su mirada indiferente en los cristales verdes y celestes que se deslizaban sobre las lisas paredes de piedra. Luego volvía a sumirse en el letargo, nuevamente su cuerpo era invadido por ese estado taciturno que había logrado dominar hace tanto tiempo ya. Así la situación era más llevadera, los segundos y minutos desaparecían, el tiempo simplemente se estancaba.
Sus piernas habían encontrado algo así como una posición cómoda para poder aguantar horas y horas de completa inmovilidad. Sus brazos simplemente habían dejado de hacer esfuerzo alguno y ahora nada más colgaban inertes, aprovechándose de las frías cadenas que recorrían sus muñecas y antebrazos como reptiles serpenteantes.
Entonces el ocasional e indescifrable sonido del metal, de los eslabones agitándose entre ellos, arrancaba su conciencia del diminuto espacio de paz que había creado. Aquel mínimo, y a la vez estridente, ruido hacía eco en la húmeda cueva y despertaba todos sus sentidos, le devolvía la vitalidad aunque no la hubiera pedido. Su voluntad renacía, desesperada por intentarlo una vez más. Forcejeaba, luchaba, gritaba hasta que sus extremidades adoloridas y sus rodillas laceradas, su garganta desgarrada y sus ojos hinchados le pedían descorazonadamente que se detuviera… Y así lo hacía.
Pero ya era demasiado tarde. Aquel despertar revivía cada uno de los elementos de su prisión. Nuevamente se sentía como si fuera el primer día. Redescubría cada uno de los detalles que rodeaban su debilitada presencia: El estruendo de la cascada bloqueando completamente cualquier otro sonido que intentara alcanzar sus oídos adormecidos. La piedra congelada y negra, el agua cristalina y profunda y el reflejo de luz inexistente que lograba colarse por lados que aun no había descubierto. Su piel erizada ante el frío líquido que se posaba sobre ella en forma de diminutas gotas. Su cabello y los pocos retazos de tela que podía llamar ropa, empapados como estaban, adheridos a su rostro y cuerpo.
Tiritaría un rato más… Tal vez sólo unos minutos, tal vez horas. Tiritaría hasta que su cuerpo decidiera rendirse ante el vacío de su prisión, hasta que sus brazos volvieran a perder la fuerza, hasta que su mente se nublara nuevamente y fuera dominada por el sopor…

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