Cualquiera diría que visitar la heladería en una calurosa tarde de domingo sería el paseo más normal del mundo. Después de todo a esas horas, ¿quien se preocuparía por algo que no fuera su último descanso antes de una nueva semana de trabajo?, pero muchas veces se ha comprobado que las apariencias engañan, y este es el vivo ejemplo.
Con unas enormes ganas de ingerir todo el azúcar que se nos permitiera, no acercamos a la vendedora y pedimos tres conos cada uno al gusto: uno tentador, uno exótico, y uno en forma. Cuando nos sentamos a un lado de la ventana, donde el débil sol dejaba una cálida sensación, fue entonces cuando el circo abrió sus puertas de colores para presentar todo su arsenal de humanos contorsionistas y colores, junto a los diferentes animales fantásticos que los acompañaban.
El primer acto fue el de un par de payasas con su monillo incluido. Eran fáciles de reconocer porque la mirada captaba en seguida las combinaciones y estilos de telas que uno no sabe como relacionarlas en el cuadro. La protagonista era una mujer gorda con máscara de yegua y zancos, que representaba un número en el que tenía que mantener el equilibrio, pero con la desventaja de que su propio cuerpo estaba en su contra. ¿Y es que como se puede balancear una gelatina tan pesada en los extremos de dos chorizos apretados, y todo bajo una cubierta de zanahoria rostisada?
Su compañera de actuación era otro embutido, pero de esos que se rocían de aceite mientras se calientan y luego se acompañan con una salsa completamente contradictoria. Nada coincidía en el plato, pero de todas formas atraía miradas, aunque estas fueran completamente antagónicas a la meta de la escena. Finalmente el animalillo que participaba en el momento, parecía ser el más inexperto, ya que el desparramado encanto de sus compañeras todavía no lo alcanzaba.
El siguiente número mostró a un domador de bestias con sus leonas. El hombre era feúcho y sin gracia, pero para llamar la atención vestía también ropas demasiado grandes e impactantes a la vista que prácticamente desaparecían su propio contorno. Las felinas también eran un show. Una era pequeña, pero matoneaba como si se tratara de un gato al que se le ha majado la cola, mientras que la otra mostraba una mirada aireada y levantaba la cola con arrogancia, pero sin darse cuenta de que daba muestra de trapo viejo y usado antes, que de la escultural figura que pretendía ser.
Después de los rugidos aparecieron el trío de estrellas de la noche en una presentación a la que ya nadie les muestra atención, porque lo único que la gente quiere hacer es irse a dormir. Además de que con su indiferente mirada al público creían que lo cautivaban, también destilaban la sensación de que su rotundo “éxito” tocaría los corazones del espectador. Lo que no sabían era que estos preferían ahorrarse los últimos veinte minutos del momento, antes que tener que ver el gran final.
Cuando se cerró el telón, mi mente empezó a comprender el show que se había desplegado ante mí, ya que tanta claridad al distinguir colores me había robado mi fe en la incredulidad. A la salida, todavía sorprendida, no podía dejar de expresar mi opinión hasta que mi compañera explicó la suya propia, y fue entonces cuando comprendí enseguida cual fue el detalle que había dejado pasar.
-¡Entonces nosotros también teníamos nuestro propio número!
En esos momentos logré tener claro, que mi domingo, en el que había planeado comerme un helado, hubiera sido muy tranquilo, al igual que para los demás grupos de personas que observé, si mi mente se hubiera mantenido en sus cinco sentidos.
Al final había descubierto que nosotras habíamos sido el éxito de la velada, y que seguramente yo había dado el verdadero honor de cerrar el telón. Además había comprendido también que el verdadero público que contemplaba con asombro aquella vista seguro habían sido los tres helados.

No hay comentarios:
Publicar un comentario