Era luna llena y el claro era iluminado con su luz blanquecina y pura. Era tanto su esplendor, que las estrellas simplemente no eran visibles. Figuras comenzaron a salir de entre las sombras y los árboles. Aparecían silenciosamente entre volutas de neblina. Sus cuerpos estaban cubiertos por largas capas de una tela negra y vaporosa. Sus rostros eran escondidos por una capucha que solo dejaba distinguir los femeninos labios de aquellos seres. Avanzaban como espectros sin perturbar la armonía de la naturaleza. Fantasmas con un cuerpo real que andaban a través de la noche, todos dirigiéndose al mismo punto: una ruina de grandes monolitos colocados en ese lugar hace cientos, quizás miles de años. Estos estaban cubiertos de runas, dibujos y símbolos que delataban su antigua función.
Una de las figuras cargaba un bulto entre sus brazos. Un bebé que dormía plácidamente en los níveos brazos de su madre, completamente ajeno al ritual que estaba a punto de llevarse a cabo a su alrededor. Finalmente las mujeres llegaron hasta las sagradas piedras y las rodearon por completo. Entonces se arrodillaron y comenzaron un cántico suave y armónico, que parecía ser más bien la misma voz del viento. La niña se removió entre sueños, hasta que finalmente despertó. Sus avellanados ojos vinos pestañearon un poco ante la extraña situación, sin embargo enseguida encontraron el semblante de su madre y una sonrisa dulce e inocente adornó su delicado rostro. Esta fue respondida por una de cariño por parte de la mujer, que en ningún momento había dejado de cantar.
-Es hora… -Una voz áspera y profunda, cargada con el peso de los años, rasgó la noche cuando los cánticos llegaron a su fin. Entonces la mujer se disolvió entre espirales de oscuridad y apareció nuevamente en lo alto del monolito más grande. Ahí separó a la niña de su cuerpo, que en seguida estiró sus cortos brazos, intentando alcanzar el calor de su madre nuevamente. Esta sin embargo la dejó sobre la roca y volvió a disolverse.
La niña comenzó a gemir, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Se encontraba a metros de distancia del suelo y su inocencia aun no lograba entender lo que estaba sucediendo. Las figuras, arrodilladas más abajo, comenzaron a entonar suaves melodías nuevamente, aun así ya no podía distinguir la voz de su madre. Entonces las mujeres se disiparon por completo, creando más sollozos de impotencia y miedo. En ese momento algo inaudito pasó. Su alrededor cambió por completo. Ahora se encontraba en un mundo diferente donde podía observar cosas maravillosas que aun no tenían nombre en su mente: Planetas, nebulosas, estrellas, árboles de colores fantásticos, insectos de alas hermosas, flores y hongos gigantescos y carnosos, criaturas de formas magníficas que se deslizaban en el vacio del espacio sideral… Nada que hubiera visto en su entorno boscoso y aislado… En especial aquellos seres… Grandes, intimidantes, sabios…
Entonces uno de ellos se detuvo frente a ella. Era temible, y aun así su conciencia infantil sonrió al tenerlo tan cerca. Comenzó a gatear hasta el rostro de aquella criatura única y puso sus diminutas manos en su hocico, mientras que de su garganta brotaban alegres risas. Era como tocar lava hirviente y aun así la niña no se quemaba. Aquel ser soltó un bramido suave que alborotó sus cortos rizos, provocando más gimoteos alegres. En ese instante sin embargo, un ardor nació en el centro de su pequeña espalda y explotó hacia todo su cuerpo. Esa horrible sensación hizo que olvidara la belleza de aquel mundo y nuevamente el llanto comenzó a brotar de su garganta con energías renovadas.
Tan rápido como había comenzado todo, también se desvaneció. Volvía a encontrarse en aquella roca alta, bajo la luz de la luna, pero aquella braza en su espalda no desistía, si no que seguía ardiendo dolorosamente. Nuevamente escuchaba los cánticos de las mujeres que lentamente llegaban a su fin. Fue entonces cuando la voz de su madre llegó a sus oídos nuevamente y sintió como sus brazos volvían a abrazarla. Las lágrimas bañaban sus sonrojadas mejillas y luchaba para que sus sollozos continuaran, sin embargo en segundos el cansancio la había vencido y ahora se dejaba caer en el sopor del sueño. La incómoda y molesta sensación en su espalda comenzaba a desvanecerse.
***
Explosiones destruyeron la paz de la noche y gritos angustiosos llegaron hasta el claro sagrado donde las mujeres se encontraban reunidas y terminaban el ritual de iniciación. Entonces un hombre apareció de entre el bosque. Corría todo lo que sus heridas extremidades le permitían y su cuerpo traía el pesado olor de la sangre.
-¿Qué haces aquí? –La voz de la anciana mujer que había llevado a cabo ese sagrado ritual ardía en furia. -¡Este es un momento de consagración! ¿Cómo te atreves…?
-Sacerdotisa… -Apenas llegó ante su presencia se desplomó sobre sus rodillas. -Están atacando… están atacándonos… -Apenas si tenía aliento para pronunciar aquellas palabras. –Los humanos…
-¿Qué…? –La anciana no daba crédito a lo que decían sus palabras, sin embargo no pasaron más de dos segundos antes de que aquellas palabras fueran verificadas.
Una figura sombría, alta y de cabellos largos y oscuros, pareció materializarse de repente. Su armadura negra resplandecía con la blanquecina luz de la luna llena y el filo de la larga espada, que cargaba en su mano, refulgía amenazadoramente. Su rostro era frío e inexpresivo, y aun así su mirada vacía despedía una violencia y una malicia espiritual que hacía vibrar hasta las fibras más profundas de su ser.
-Me fastidian los gusanos escurridizos… -Aquel ser misterioso tomó del cabello del herido hombre y lo haló hacia así, provocándole un desgarrador grito de dolor. –Miserable insecto… -Entonces, para su horror, el caballero de armadura oscura alzó su larga espada y de un solo tajo decapitó a su víctima, quedando con la cabeza en la mano, que luego simplemente lanzó a un lado, como si se tratara del corazón de una manzana.
-¿Dónde está la iniciada? –Aquellas palabras penetraron en su mente y en su corazón como finas agujas de hielo.
-Monstruo… ¡MONSTRUO! –Su voz gastada y gutural comenzó rasgar el manto de la noche con gritos cargados de pánico y dolor. -¡No des un paso más demonio, o haré que la furia de los dioses caiga sobre…! –Sus palabras fueron interrumpidas por el manantial de sangre que comenzaba a borbotear en su garganta. Esa negra presencia se encontraba ahora a su lado y el filoso metal había atravesado su cuerpo de lado a lado.
-Detesto a la gente escandalosa… -Esas fueron los últimos sonidos que su mente guardo, cuando las sombras comenzaron a rodearla. El caballero retiró la espada de su estómago atravesado y ella se desplomó sobre la hierba.
***
Las mujeres corrían despavoridas en todas las direcciones, buscaban refugio en el bosque o desaparecían dejando atrás volutas de sombras. Mientras apretaba a su hija contra su pecho, observaba como la matriarca era asesinada por aquel ser oscuro. Entonces sus miradas se encontraron. Aun con aquella distancia de por medio, su corazón se contrajo y su estómago dio un vuelco al adivinar las intenciones de aquellos ojos despiadados. En seguida se giró para desaparecer, sintiendo el pánico y la desesperación inundar cada centímetro de su cuerpo. Tenía que huir de aquel lugar y resguardarse junto a la niña, sin embargo fue demasiado lenta….
Antes de ordenarle a su cuerpo que se disolviera en la oscuridad de la noche, un ardor insoportable cruzó toda su espalda, arrancándole un gemido lastimero. Su esencia desapareció, sin embargo no pudo mantener su poder y en seguida volvió a aparecer a poca distancia del suelo. En seguida su instinto hizo girar su cuerpo para proteger al caer el pequeño bulto que cargaba. Tumbada boca arriba sentía la sangre abandonar su cuerpo por el corte en su espalda, mientras observaba a aquella temible figura, ahora a solo unos pasos de ella, recortada contra la luz de la luna.
-Por favor… -Su voz era un hilillo lastimero. Sus únicas fuerzas las concentraba en sujetar a su hija, que ya empezaba a removerse, contra su pecho. El hombre solo la observó de forma fría e inexpresiva antes de apartarle los brazos sin delicadeza alguna y cargar a la niña. –Por favor… no la mate… -Su corazón se contrajo al escuchar como su bebé comenzaba a gemir nuevamente, ahora despierta.
-¡Hasgarth…! ¡Hasgarth…! –Voces a lo lejos… alguien se acercaba. El caballero negro volvió su mirada fría hacia aquel que lo llamaba e hizo el ademán de alejarse, sin embargo, con las pocas fuerzas que le quedaban, logró sujetarlo del tobillo, por lo menos lo suficiente para llamar su atención nuevamente.
-No… la mates… -Aquellos ojos insensibles se posaron sobre ella una vez más.
-Mi misión no es matarla… -No pudo contener sus parpados por más tiempo… Todo se volvió negro…

No hay comentarios:
Publicar un comentario