sábado, 19 de febrero de 2011

La Espera



Estaba sentada sobre la mesa de madera, sus pies apoyados en la banca. Observaba sus tenis mientras estos se movían periódicamente de arriba abajo gracias a la constante orden que le daba a sus dedos. Acababa de notar la ridícula posición en que estaban. La punta de los zapatos se encaraban haciendo que sus piernas quedaran en un ángulo extraño. No hizo nada para cambiar el hecho. Sus codos se apoyaban en sus muslos mientras su rostro descansaba en la palma de sus manos. Su cabello estaba recogido en una cola alta, por lo que no le estorbaba cada vez que el viento decidía jugar con él.
Comenzó a tararear una canción cualquiera, mientras escuchaba el resonar de los pasos cada vez que alguien pasaba cerca de ella. El golpeteo seguro, corto y seco de tacones gruesos. El apenas audible sonido de una suela gastada que avanzaba con lentitud y desinterés. El andar rápido y directo de unos mocasines lustrosos. El rodar sobre el pavimento de cuatro ruedas pequeñas, acompañadas del suave canto de una risa infantil. Su propia voz sin lírica seguía el ritmo que sus pies, siempre en movimiento, marcaban.
Contemplaba como las pequeñas hojas avanzaban sin vida propia. Entraban y salían de su rango de visión. Revoloteaban sin sentido alguno. Se levantaban del suelo por unos segundos para volver a caer sin gracia alguna. Pestañeó un par de veces mientras el frío secaba sus ojos y le erizaba la piel. Su delgada camisa blanca no servía de protección y sus pantalones negros y cortos tampoco cubrían lo suficiente. Entonces levantó la mirada al cielo. Sus brazos cambiaron de posición, ahora apoyándose en la madera también. Sentía como la brisa provocaba quejas en su piel, por no hizo ningún intento por ponerse la chaqueta que descansaba a su lado, completamente olvidada.
Comprobó que el sol había perdido su intensidad y calidez. Además el cielo, antes de un celeste puro, amenazaba con cubrirse de nubes. Los árboles, verdes y frondosos, se mecían indiferentes a todo lo que sucedía a su alrededor, la camuflaban entre ramas largas y raíces retorcidas, la rodeaban con su sabiduría de décadas y siglos. Por el rabillo del ojo volvió a percatarse de las figuras que se movían a su alrededor, frunció el ceño y en seguida dejó caer sus párpados. Ahora volvía a ver la quietud de la nada y el silencio de la eternidad. Ya no escuchaba los pasos y sus cantares.
Inhaló lentamente y suspiró largamente. Su mente navegaba entre pensamientos difusos, reconocía voces conocidas, intentaba buscar formas y colores íntimos. Su cuerpo redujo el flujo de energía que enviaba a los diferentes músculos y lo concentró en su letargo. La respiración en su pecho se acompasó y sus sentidos se nublaron por completo. Entonces el temblor y la calidad presencia estrellándose contra ella provocaron un disparo de adrenalina.
Abrió los ojos sorprendida y el poder del sol la hizo pestañear incómodamente. El cielo volvía a brillar tan azul como antes y el rozar de las hojas era estruendoso. Un perro ladraba a los lejos y la suave risa infantil se había convertido en carcajadas agudas y escandalosas, mientras una mujer repetía constantemente un nombre femenino. El viento la hizo estremecerse, su mano en seguida buscó la chaqueta a ciegas y sus piernas se acomodaron intentando lograr una posición más estable ante el súbito cambio.
-¡Chocolate caliente con crema batida y un muffin de chocolate con chispas de chocolate! –El repetir de aquella palabra acribilló su mente dormida y el penetrante aroma ahora frente a ella terminó de borrar el sopor del que acababa de despertar.
-¡Yo les dije que era demasiado, pero no me hicieron caso!
-¡Ya te dije que no le gusta la vainilla!
Bazil, ahora sentado a su lado sobre la mesa, le tendía una bolsa de papel cerrada y un vaso de cartón mediano con tapa de plástico del que salía un delgado hilillo de humo dulzón por un pequeño orificio. En la otra mano tenía un cacho del cual se desbordaba el caramelo y sus piernas aferraban una lata de Pepsi.
-Nos antojamos de camino y decidimos traerte algo también…
Ethan también junto a ella la sujetó del hombro para llamar su atención. Sobre sus regazos descansaba una trenza de semillas de amapola cubierto  con una gruesa capa de azúcar y mordido en varias partes también. En su mano sujetaba una botella retornable de medio litro de Fanta naranja.
-Y como siempre desayunas chocolate caliente y te comes un muffin después del almuerzo…
Lía se había quedado de pie frente a ellos mientras mordía el arrollado de canela que mantenía aun a medias en la bolsa de papel para no ensuciarse y le daba un corto trago a su bebida caliente. Supuso que sería capuccino. Siempre era capuccino.
-Tardamos tanto porque no sabíamos si preferirías de vainilla con arándanos o de chocolate con chispas de chocolate…
-Pero yo estaba seguro de que siempre prefieres chocolate… -Bazil le dirigió una mirada de suficiencia
-¡Pero no se puede comer muffin de chocolate si se está tomando chocolate caliente! –Ethan tenía el rostro contraído en una mueca extraña, incluso podía clasificarse como repulsión.
-¡Tal vez tu no puedas, pero Ami si! –El tono de voz de Lía dejaba claro que la discusión no acababa de empezar y que ya estaba bastante cansada.
-Así está perfecto chicos… –Abrió la pequeña bolsa de papel y le dio un mordisco al pequeño pastel. En seguida sus labios se curvaron, formando pequeños hoyuelos en sus mejillas, mientras disfrutaba del dulce sabor. –Gracias…

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