El molesto sonido de la conversación por teléfono estaba logrando que el aburrimiento la dominara más rápido. Una cosa era esperar con la agradable compañía de buena música, y otra tener que escuchar el ininterrumpido monólogo de su madre. Apoyó su barbilla en la palma de su mano, mientras observaba, completamente desinteresada, por la ventana. Entonces alguien se detuvo. Por un instante su corazón palpitó acelerado, presintiendo un inexistente peligro, pero en seguida aquella sensación se traslado a su estómago y una sonrisa tonta adornó sus labios. De repente el tedioso día las aburridas horas y la mala suerte adquirían algo de sentido…
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¿Qué importaba la inocencia de una damisela? ¿La frialdad de una princesa? ¿La moral de una mujer? En esos momentos todo eso eran sermones para individuos menopáusicos. Se deslizó sutilmente hasta atraparlo bajo su cuerpo. Se apoyó completamente sobre él, mientras sus manos comenzaban el reconocimiento. Sus dedos se enredaban en el oscuro cabello, arañaban suavemente el cuello, se deslizaban por los hombros y delineaban los brazos. Acarició el pecho y bajó furtivamente hasta encontrar el límite de la delgada tela. Hizo una rápida intromisión para sentir el calor del abdomen contra su propia piel. Fue suficiente para estremecerse y sentir deliciosas punzadas de placer…
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El deber social era algo que nunca había logrado disfrutar. Si no fuera porque el protagonista de aquella noche era alguien realmente cercano, estaría en su casa sumergida en su propio mundo, nadando a través de ideas luminosas y cálidas… Alimentando su imaginación con los últimos eventos del día… Bla, bla, bla… Fiesta… Bla, bla, bla… Alcohol… Bla, bla, bla… Discotecas… Bla, bla, bla… ¿Le hablaban? El sonido de su nombre la devolvió a la realidad. Respondió con algo genérico para desviar la conversación de ella. Entonces una pequeña vibración en su bolso despertó su curiosidad. Sacó el pequeño objeto, milagro de la ciencia y tecnología. El nombre en la pantalla fue la gota que derramo el vaso… Su mente no volvería a posarse en aquella mesa…
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Su cerebro vibraba mientras su cuerpo había decidido independizarse de sus órdenes racionales. Con un vaso en alto y otras cuatro voces coreando la canción del momento, dejó que sus impulsos la dominaran por completo. Se alejó de la multitud y se dirigió a algún lugar callado, donde pudiera escuchar la conversación entre Lucifer y San Gabriel. Aunque la lucha la hacía dudar, sabía muy en el fondo de qué lado estaba, sin embargo las posibles consecuencias la detenían. ¿Y si era demasiado? ¿Y si hablaba de más? Con la fuerza que solo el alcohol le podía dar, deslizó su mano hasta el bolsillo de su pantalón. San Gabriel podía ir a sermonear a otro…
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Conocía la trama perfectamente, así que sabía también que aquel momento pronto llegaría a su fin. Su cuerpo sufría en esos momentos. Aquella situación era algo que nunca antes había vivido y los efectos eran mucho más fuertes de lo que jamás pudo haber imaginado. El aire, frío y sintético, la había congelado y su mirada se negaba a relajarse. Entonces una sensación electrizante se expandió a través de la yema de sus dedos y por todo su cuerpo. Cada segundo que pasaba aumentaba ese momento íntimo y clandestino, hasta que fue absoluto. Una calidez agradable en su mejilla le permitió al fin abandonar la historia de su infancia. Fue un contacto suave, dulce y profundo…
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Vodka, jugo de naranja y chocolate líquido fueron los ingredientes utilizados. Cuando fueron mezclados adecuadamente, dejó que la adrenalina fluyera, incitando cada uno de sus sentidos. Ya había esperado mucho, y no quería alargar el momento. El contacto la hizo suspirar y los suaves y dulces labios despertaron en ella una llama desesperada. Se dejó caer de espaldas mientras su propio cuerpo se enredaba con el otro. El frío aire montañoso, el calor que sus músculos le transmitían, el aliento delicioso y el aroma, al que ahora era adicta, hacían que perdiera el control…
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La oscuridad de la noche era surcada por luces artificiales. Estas creaban sombras y delineaban el perfil de cada objeto con cierta magia exótica pero antinatural. Era como encontrarse en un mundo irreal, el cual no quería abandonar. Sentía las ansias que crecían al darse cuenta que pronto tendría que volver a su soledad. Entonces lo observó sutilmente. Aquella mirada profunda y misteriosa. Oscura e impenetrable, pero dulce y cálida. Su estómago dio un brinco y un escalofrío la recorrió. Entonces la distancia desapareció. Sintió un beso suave, que evaporizó cualquier pensamiento lógico de su mente, seguido de una simple pregunta susurrada… No volvería a su soledad, nunca más...
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Era la situación perfecta. Lástima que fueran las once de la mañana y se encontraran en un lugar público con otras cuatro personas. Su mirada expresaba completa concentración y asentía a cada instrucción, sin embargo no tenía ni idea de que era lo que estaba haciendo y definitivamente no estaba entendiendo los movimientos que, se suponía, debía retener en su cabeza. Gracias a todos los dioses griegos, egipcios y nórdicos, o cualquiera que estuviera a cargo, el destino había decidido que le explicaran la técnica sin tener que enfrentar al tutor. Tener que observarlo detenidamente mientras intentaba no desvanecerse ante los fugaces contactos habría sido demasiado…
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Los faroles baratos le proporcionaban al lugar un calor acogedor con su luz rojiza. Se sentía como una niña mientras lo observaba. Los ojos dulces y la sonrisa picarona eran una combinación mortal. Quería hablar, actuar, demostrar todo lo que pasaba por su mente en esos momentos, pero los sentimientos aun nuevos eran demasiado difíciles de comprender. Admiraba como trataba de ser espontáneo y tranquilo, sin embargo su mirada oscura lo traicionaba, revelando un tierno nerviosismo. Sin poder evitarlo, una sonrisa se formó en sus labios. Cuál fue su sorpresa al ver que su gesto era correspondido con mayor intensidad…
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Cerró los ojos para dejarse llevar por completo. Apoyó su cabeza en ese brazo fuerte y se hundió en la curva de su cuello, mientras disfrutaba de esa muestra de cariño protector. Entonces permitió que la voz guiara sus pensamientos a un mundo ideal, a la vez que el cálido aliento acariciaba su oreja con ternura. Se encontraba en un letargo arrullador. El universo se había detenido y sólo existía ese preciado momento. Podría escuchar una y otra, y otra y mil canciones más, siempre y cuando él fuera la voz…
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De alguna forma la conversación se había desviado hasta tocar fibras profundas. Trataba de esconderse en su pecho y brazos, mientras brotaban aquellos pensamientos desde los rincones más inhóspitos del alma. Cada palabra erosionaba sus barreras un poco más. Cada oración se colaba dentro de ella, debilitando sus defensas, soltando ese nudo que tan desesperadamente apretaba en su garganta. Trató una última vez de reunir todas sus fuerzas, pero ya era demasiado tarde. Un sollozo fue suficiente para darle vida al cálido manantial que manaba de su interior…

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