Es una tortura despertar de un sueño anhelado. Es un martirio darse cuenta de que las sensaciones y los sentimientos se esfuman con la luz. El tormento que provoca el peso de la realidad sobre lo deseado doblega hasta al hombre más atrevido y valiente.
Son nuestros pensamientos más profundos, nuestros secretos más oscuros, nuestras verdades más dolorosas las que adquieren un cuerpo sólido. Se vuelve tangible, horrorosamente verídico. La ilusión crea culpa y a la vez satisfacción, pero el camuflaje y la euforia no duran infinitamente.
¿Por qué lo prohibido se vuelve tan necesario? ¿Por qué la tentación altera todo nuestro carácter?
Somos portadores del mal natural. Somos seres destinados a sufrir los mismos pesares que dieron origen a la humanidad. Nosotros los recreamos con nuestro día a día, con nuestra necedad sorda, con nuestra visión nublada.
La falta de sustento es lo que nos termina de matar. Aquel aire que respiramos, pero no encontramos en nuestros más profundos deseos. Queremos implementarlo, queremos mezclarlo y engañarnos con cuentos de hadas y finales felices. El resultado es atroz, una caída desde las alturas, un golpe seco.
¿Como podemos confundir tales polo? Son tan similares, pero a la vez tan disparejos. La distancia descomunal entre ellos es tanta que la coexistencia se vuelve indestructible. Necesitamos uno mientras repudiamos el otro, pero no podemos tener uno sin querer el segundo.
Soy una víctima privilegiada. El favoritismo me otorga los postres más exquisitos, que luego me arrebata descaradamente. La burla se ríe y me lo niega. Observa y se regocija. Disfruta mientras me enseña el camino al respiro, que luego colma con obstáculos.
Soy una servidora de mi cuerpo, una esclava de los placeres, una soñadora de sustento.
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