viernes, 10 de diciembre de 2010

Cisnes



Cada lenta exhalación se transformaba en neblina blanca que en segundos se dispersaba hasta desaparecer. Su cuerpo se encontraba recostado contra la rugosa corteza del desnudo cerezo, mientras que sus piernas se extendían, completamente sin fuerzas, frente a él. Sus músculos se contraían dolorosamente tratando de repeler el frío y su mano se aferraba tercamente a la vida que se escurría entre sus dedos entumecidos. Aquella calidez era lo único que le recordaba que esa era la realidad y no una cruel ilusión.
Escuchaba su pesada respiración. Sentía sus débiles y pesados párpados. Imaginaba sus labios helados con ese exótico color púrpura que invita a la muerte. No quería cerrar los ojos, porque sabía que ese sería el fin. Aun así el fin era algo inevitable que sólo le estaba dando unos últimos momentos para que compartiera con ese yo que se escondía en las profundidades de su ser. Eso lo entendía también.
En un último intento esperanzado por escapar de lo ya decidido, buscó vida. Necesitaba algo que detuviera el lento escape de su esencia, pero el mundo parecía darle la espalda en esos momentos. El sol observaba con su brillo opaco, esperando ese instante en que se daría por vencido. El río fluía ruidosamente; ese borboteo ahogaba cualquier intento de su cuerpo por hacerse notar.  Los cisnes flotaban con elegancia; curvaban y estiraban sus largos cuellos; lo miraban con orbes negros e indiferentes, mientras le mostraban aquellos corazones vacíos que sus alas formaban al arquearse. Era momento de aceptar la verdad.
Lágrimas cálidas bañaron sus mejillas congeladas, pero en vez de sollozos fue una débil y lastimera risa la que surgió desde lo profundo de su agotado corazón. Levantó la mirada por última vez y contempló las ramas desnudas, que se alzaban al cielo. Ellas estaban en completa armonía con la vida y la muerte… Entonces comprendió todo.
Su cuerpo descansaría ahí hasta que fuera el momento indicado de despertar nuevamente. Entonces el viento lo mecería en tardes soleadas y sus memorias volarían en forma de delicadas hojas hasta los confines del universo.
Su mirada cayó de nuevo, ya no tenía más fuerzas siquiera para sostener su cabeza. Renuente, soltó su pecho herido y observó su mano bañada en sangre. Los últimos vestigios de su existencia goteaban sobre la nieve, manchando su blanca pureza. Sonrió por última vez... Aquello le daría color a los tiernos pétalos de cerezo en primavera…
Cerró los ojos y entregó su último aliento. Así el mundo podría continuar sin él…  

No hay comentarios:

Publicar un comentario