-¿Estás seguro… de que estamos bien? –Gael intentaba por todos los medios que su voz saliera ininterrumpida, pero su cuerpo no dejaba de tiritar bajo sus ropas y la pesada piel blanca de oso.
-¿Alguna vez me he equivocado? –Cluade le dedicó su tan característica mirada de suficiencia, pero sus facciones dejaban en evidencia que también estaba haciendo sus esfuerzos por mantenerse aislado del frío.
-¿Y por qué demonios… tenía que ser precisamente… en un desierto de hielo y nieve…? –La pregunta estaba cargada de reproche como si su compañero de grupo hubiera decido aquel destino por gusto.
-Porque es el lugar perfecto para confinar a la persona que buscamos… -Cyan mantenía sus ojos turquesa clavados en el horizonte, como si de verdad hubiera algo lo suficientemente interesante para ver que no fuera la nada. –Felicia…
-Cada vez… estamos… más cerca… -La mujer de cabellos oscuros ondulados y largos era la que estaba sufriendo más en aquel lugar. Su elemento hacía que aquellas bajas temperaturas fueran mortales y desde que se habían internado completamente en aquel clima agreste si acaso había dicho lo suficiente para contestar las palabras de Cyan.
-¿Cuánto nos falta?
-Unos… tres… kilómetros… -En el rostro del castaño se formó una sonrisa sagaz.
-¿Movimiento?
-Otras fuentes… de calor… Pero poco…
-Los malditos deben estar… alrededor de chimeneas… tomando algo caliente… resguardándose de este… desgraciado frío...
-Apenas terminemos con esto podrás hacer exactamente lo mismo, Gael… -Cyan le mostró una sonrisa entre burlona y alegre.
-¿Y se puede saber por qué estás tan emocionado? –Claude observaba a su líder con las cejas enarcadas y una mirada entre perspicaz, curiosa y divertida.
-Cuando acabe nuestra misión estaremos completos.
-¿Y tenías que buscar… precisamente… a un asesino desquiciado… recluido en el… lugar más recóndito del mundo…?
-Es el mejor en su tipo. –Gael exhaló ruidosamente ante aquella respuesta.
-¿Y qué te hace pensar que vendrá con nosotros?
-La moral... –Cyan observó a Claude con una sonrisa de suficiencia. Este perdió su semblante siempre seguro ante aquellas palabras inesperadas e ilógicas.
-¿Qué? –Gael sujetó el hombro de Cyan para obligarlo a encararlo. -¿Estás diciendo… que vinimos hasta este lugar… para convencer a un asesino… con un poco… de moral? –Su voz eran gritos ahogados entre espasmos de frío.
-Algo así… -Cyan comenzó a andar nuevamente, dirigiéndose a lo que parecía ser la nada. En seguida Felicia lo siguió también, siempre en silencio, concentrada en mantener toda su energía como se le había ordenando. Claude suspiró, pero en seguida una sonrisa sardónica se formó en sus labios nuevamente. Entonces retomó el movimiento también.
-¡Te juro Cyan… que si salimos de aquí… con las manos vacías…! –Gael se apresuró detrás del grupo al ver que se quedaba atrás. -¡Me las vas a pagar!
Pocos segundos después una fuerte brisa se levantó de la nada, provocando espirales de nieve que cubrieron todo a su alrededor. Cuando el viento se apaciguó de nuevo, las cuatro figuras habían desaparecido.
***
Sus pies se posaron silenciosamente sobre la delgada franja de hielo. Frente a ellos un cráter artificial se hundía cincuenta metros en el hielo. Guardaban silencio, pero la sorpresa en sus facciones era evidente. Sólo Cyan parecía no estar afectado ante tal escena.
En el centro de aquel gigantesco orificio sobre un pedestal de hielo algo, o más bien alguien, era sujeto por gruesas cadenas tensadas que se aferraban a las paredes de agua eternamente congelada. Los brazos del hombre estaban completamente extendidos y eran rodeados por los serpenteantes eslabones. Su cuello, torso y piernas también estaban aprisionados, y por si fuera poco, a sus tobillos estaban sujetas dos enormes esferas de plomo, las cuales podían tener un metro de diámetro. Lo más sorprendente de todo era que el hombre solo vestía unos pantalones desgarrados por la rodilla. De resto todo su cuerpo estaba expuesto al frío mortal, incluso sus pies desnudos estaban directamente sobre el agresivo hielo. Su cabeza se inclinaba hacia delante, por lo que el cabello escondía sus facciones.
-¿Está… vivo…? –Las palabras de Gael fueron apenas un murmullo escapado de sus pensamientos
-Claro que está vivo… -Claude siseó como respuesta.
-Shhh… -Cyan los silenció inmediatamente. Entre la leve tormenta que había ocasionado y las pieles blancas de oso, que cada uno vestía, eran casi invisibles. Aun así no quería arriesgarse a que fueran descubiertos. Eso lo complicaría todo. Observó con detenimiento el fondo del cráter que se hundía frente a él. Sólo había cuatro guardias. Realmente estaban muy confiados y no era para menos. En aquellas condiciones, como prisionero, era imposible escapar. Sin embargo era evidente que nunca habían pensado en una intromisión. Una leve sonrisa se formó en sus labios. Después de todo no todos los días la gente buscaba sacar a un asesino de su prisión.
-Gael. –El aludido asintió levemente y de entre la piel de oso sacó una ballesta. Apuntó a su primera víctima y en seguida el sonido del viento siendo cortado por la flecha se hundió en las profundidades del enorme agujero. Desde donde se encontraron no podían escuchar el impacto, pero aun así podían ver como el hombre caía sobre el hielo completamente inmóvil. Los otros tres guardias reaccionaron tarde y cuando se dieron cuenta de que estaban siendo atacados, ya el segundo y tercero habían caído también. El último comenzó a correr hacia una de las paredes donde se encontraba una puerta de metal, que daba al interior de la montaña, pero antes de que si quiera pudiera acercarse a su objetivo, también se precipitó contra el suelo con una flecha clavada en la nuca.
La brisa revuelta con los agitados copos de nieve los envolvió de nuevo, suspendiéndolos en el aire y transportándolos lentamente hasta el fondo del cráter. Ahí el viento se volvió a disolver luego de depositarlos suavemente sobre el hielo. Ahora frente a ellos se encontraba el hombre que habían venido a buscar. De cerca eran apreciables más detalles. Sus brazos musculosos mostraban dos grandes tatuajes que se entremezclaban con las gruesas cadenas. Estos comenzaban en los hombros y rodeaban toda la extremidad como serpientes hasta llegar a las muñecas. Su mirada era cubierta por mechones de cabello color chocolate, pero su mandíbula marcada y fuerte, la perfilada nariz y sus labios inmóviles eran perfectamente visibles.
-Dijiste que lleva tres años encerrado… -Los ojos azules de Claude estaban clavados en el individuo, su desconfianza era palpable.
-Así es…
-¿Entonces como es que su cuerpo no es sólo huesos y piel? –El silenció volvió a caer por unos segundos mientras contemplaban el punto que Claude había tocado. La fisionomía del hombre era la de alguien que se ejercitara constantemente. Los músculos perfectamente definidos, su posición erguida y fuerte. Lo único que daba muestras de algún tipo de sumisión era la cabeza inclinada hacia delante.
-Su cuerpo… está en… constante actividad… -El murmullo de Felicia quebró el silencio.
-¿Lo ves? –Cyan preguntó sin quitar la mirada del prisionero.
-Si… Está… hirviendo… -Asintió ante las palabras de Felicia y luego avanzó unos pasos.
-Se que estás consciente de nuestra presencia y de todo a tu alrededor. –Alzó la voz más de lo necesario, sólo para estar seguro de que podía oírlo bien. Aun así el hombre no se movió en absoluto. –Mi nombre es Cyan y ellos son Felicia, Claude y Gaellius. –El último hizo una mueca de disgusto al escuchar su nombre completo. -Hemos venido con el único propósito de sacarte de este lugar… Se cual es el delito por el que te confinaron a este rincón del mundo y se cuáles son tus habilidades también…
-Cyan, no parece estar… -El aludido alzó una mano para silenciar a Gael y continuó su monólogo.
-Tengo una misión importante y te necesito para completar mi equipo. Eres el mejor entre los de tu tipo y tienes el poder para destruir un ejército tú sólo. Quiero que luches a mi lado y me brindes esa fuerza, Dragón Rojo. –Cyan calló unos momentos, pero aun no recibía ningún tipo de señal por parte del hombre frente a él. Entonces su mirada se tornó severa y su voz adquirió un tono penetrante. -¿O debería llamarte más bien Tigre Dorado de Xefira?
En ese instante el tintineo de los eslabones llamó la atención de todos. Lentamente el hombre levantó la cabeza dejando a la vista el resto de su rostro antes escondido por los mechones de cabello. La mirada afilada estaba clavada en Cyan. Eran ojos como el oro derretido y las pupilas casi felinas brillaban penetrantes, intensas y misteriosas. Su expresión era completamente ilegible.
-Ahora tengo tu atención… -Cyan sonrió con suficiencia, pero de nuevo no recibió respuesta alguna.
-Estamos dispuestos a sacarte de aquí, pero sólo si accedes a unirte a nosotros… -Guardó silencio largamente respondiendo a aquellos ojos sin intimidarse ante la intensa mirada.
-Cyan… -La voz de Felicia sonaba alarmada. –Guardias… -El aludido frunció el ceño sin quitar la mirada del prisionero.
-¿Cuál es tu decisión? –Nada.
-Cyan… -Felicia lo sujetó del brazo, preocupada. Entonces se escuchó el sonido metálico de los llavines de la gruesa puerta de metal.
-Felicia hazlo. –La mujer lo miró alarmada por unos momentos.
-¡Aun no ha dado una respuesta, Cyan!
-¡Tú y Gael mantengan a los guardias ocupados! –Claude lo miró largamente pero en seguida se giró, al igual que su compañero, esperando a que los recién llegados hicieran su aparición.
-¡Felicia! –La aludida aun parecía dudosa, pero en seguida estiró uno de sus brazos, sacándolo de la protección que la piel de oso le brindaba. Entonces cerró los ojos y se concentró. En la palma de su mano surgió una llama grande y rojiza.
Los ojos dorados brillaron siniestramente y una sonrisa apenas perceptible se formó en los labios antes inertes. La pequeña llama creció repentinamente y como si tuviera vida propia se extendió hacia las paredes de hielo. Entonces adquirió la forma de un enorme dragón. La criatura de fuego comenzó a avanzar hasta estrellarse de frente con el hielo. El sonido seseante llenó el cráter y el agua al derretirse explotó en forma de enorme nube de vapor justo en el momento en el que la puerta de metal se abría, para revelar varios guardias armados.
Los hombres se detuvieron estupefactos ante la escena ya que realmente no habían sido avisados, si no que estaban ahí cumpliendo la rutina de todos los días. Fue hasta que una flecha se clavó en la garganta de uno de ellos que comenzaron a reaccionar. Uno de ellos se adentró en la oscuridad de la montaña dando la voz de alarma, mientras que los demás avanzaron en un intento de evitar lo que fuera que estuviera sucediendo. Fue entonces cuando se encontraron con Claude y Gael, los cuales arremetieron contra sus nuevos contrincantes.
El rojo vivo de las llamas seguía brillando mientras estas se deslizaban peligrosamente y a gran velocidad alrededor del cráter. El fuego aun se encontraba conectado a la palma de Felicia, por lo que la mujer estaba siendo drenada de su energía hasta tal punto en que ya no podía mantenerse más en pie. Antes de que sus rodillas cedieran por completo Cyan la sujetó, apoyando su cuerpo debilitado contra el de él. Aun así esta continuó con la mano extendida, dejando que el fuego brotara de ella.
-¡Ya es suficiente! –Felicia apretó los párpados con fuerza, sus facciones surcadas por el esfuerzo. Finalmente logró cerrar el puño eliminando así la conexión entre las llamas y ella, pero había sido demasiado tarde. Respiraba entrecortadamente, su rostro estaba pálido y sudor frío recorría su frente. Entonces se desmayó.
El pesado sonido de los eslabones estrellándose contra el hielo volvió a llamar la atención general. Donde antes habían estado las cadenas incrustadas en las paredes de agua congelada había tres enormes y profundos orificios. Mientras tanto el enorme dragón de fuego continuaba llameando ahora detrás del prisionero. Este movía los brazos y el cuello finalmente libres de forma circular. Entonces se apoyó en una rodilla y puso sus manos sobre las argollas que aun lo sujetaban a las enormes esferas de plomo. El metal se calentó hasta estar al rojo vivo y luego comenzó a fundirse. El líquido incandescente resbalaba por su piel pero no parecía afectarle o importarle en absoluto. Cuando finalmente se encontró completamente libre bajó lentamente del pedestal en el que se encontraba y comenzó a andar hacia la puerta de metal. Con cada paso vapor surgía de la planta de sus pies y una pequeña posa de agua quedaba donde dejaba huella al pasar.
Los guardias que aun seguían en pie miraron con pánico la escena y en seguida regresaron sobre sus pasos buscando refugió en la cavernosidad de la montaña. El recién liberado frunció el ceño. Aquel era el primer cambio en su semblante inalterable además de la pequeña sonrisa siniestra y casi imperceptible de momentos antes. Entonces extendió una mano en dirección a la entrada. Un rugido ensordecedor se estrelló contra el hielo y el dragón de fuego se lanzó al interior de la prisión provocando nuevas volutas de espeso vapor al rozar el hielo con su cuerpo llameante. Cuando la brillante y rojiza cola terminó de desaparecer el hombre pasó de largo, dejando atrás a Cyan, que aun sujetaba a una desmayada Felicia, y a Claude y Gael, los cuales se encontraban entre cuerpos de guardias inconscientes o muertos. Entonces se perdió entre las sombras del interior también.
-¿Cyan? –Claude observaba la espalda del antes prisionero, mientras este avanzaba silenciosamente. Estaba completamente cubierta con la figura de un tigre de fauces abiertas y garras enormes.
-Déjalo. –Alzó a Felicia sujetándola con un brazo por los hombros y con el otro por debajo de las rodillas.
-¿Qué? –Gael se volvió con evidente incredulidad. -¡No podemos irnos nada más!
-Tenemos que salir de aquí. –La ventisca volvió a aparecer envolviéndolos nuevamente. Gael puso cierta resistencia en vano ya que en segundos estaba siendo suspendido en el aire una vez más.
***
Felicia respiraba lentamente pero de forma acompasada. Cyan la arropó lo mejor que pudo con la pesada piel de oso para que mantuviera el calor. Las de Claude y Gael estaban manchadas con sangre y ambos hombres se veían bastante frustrados.
-¿Qué se supone que haremos ahora? –Gael andaba de un lado a otro como gato encerrado. Al parecer el furor de los últimos momentos lo había hecho olvidarse del frío.
-Esperar.
-¿Estás seguro de que esto funcionará? –Claude tenía los brazos cruzados y su mirada mostraba un tono de molestia completamente antinatural en él.
-Si…
-¿Por qué? –Volvió a preguntar aun no convencido
-Moral. –Exhaló resignado ante la repetida respuesta mientras Gael parecía querer arrancarse el cabello a tirones.
Entonces una figura oscura comenzó a acercarse. Caminaba tranquilamente y vestía las ropas de un soldado de rango alto. Como única protección contra el frío llevaba una capa que se movía suavemente al compás de sus pasos. Sus brazos seguían descubiertos hasta el hombro y ahora el diseño de los tatuajes era apreciable: dragones. Cuando el antes prisionero estuvo a sólo unos metros del grupo se detuvo y extendió una mano enguantada, esperando.
-Gael… -El aludido miró a su líder aun con expresión molesta. –Dásela. –Exhaló furioso y comenzó a refunfuñar algo por lo bajo. Aun así se acercó al hombre y soltó uno de los cinturones atados a su espalda, tomó el arma envuelta sujeta a este y luego se la extendió.
El prisionero la tomó del mango y desenvolvió la tela que la protegía hasta que el la hoja de metal brilló bajo la luz del día. Blandió la cimitarra un par de veces como si quisiera recordar su peso y luego la aseguró a su propio cinturón. Volvía a sonreír, ahora complacido. Entonces terminó de avanzar los pasos que le restaban hasta estar frente a Cyan.
-Mi nombre es Nathaniel Al-Xilán, antiguo general del Reino de Xefira y siempre cumplo mi palabra. – Guardó silencio unos segundos. –Lucharé a tu lado sea cual sea tu misión.