martes, 30 de noviembre de 2010

¿Sabes?



A veces dudo si estoy creada por un solo ser compuesto de materia orgánica biológicamente finita, o si en realidad soy un individuo divido en partes desiguales pero de pesos proporcionales.

Hoy conversé con un amigo, o por lo menos creo que eso es. Talvez sea un compañero, un conocido, pero para no ser tan antagónica e insensible, lo llamo amigo. Así no tengo que preocuparme por protocolos estandarizados.

Continuando con la historia, hoy hablé, o más bien, oí a un amigo, compañero, conocido. El expresaba sus verdaderos pensamientos, lo irónico era que admitía que esos dichos pensamientos conmigo no existían. Eran pantalla, reflejo, mentira. ¿Preguntas si en serio lo confesó? Si, pero no a mí, al mundo.

El se considera una imagen para aquellos a los que día a día da la cara y dice: “Que tedioso, deberíamos ir a probar unas cervezas en el bar nuevo, estaría genial. ¿Para cuándo queda el plan entonces?” La realidad es otra aún así, ya que la vive con esos que en ningún momento oyeron la propuesta.

Entonces yo analicé su corta y poco sutil explicación. ¿Por qué mi cerebro detiene estas palabras? ¿Por qué el monólogo continuo adquiere un nuevo ritmo en esta estrofa? Porque en seguida mi lado vivo, aunque aun desconocido, recibió la declaración como propia. El había absorbido la parte aun indefinible en mí y la había transformado en ondas sonoras.

¿Cuál era el problema entonces? ¿Por qué, a diferencia de otros temas, no podía calificar el pequeño párrafo de vocablos con un simple “estoy de acuerdo”, “es mi caso”, “tiene razón” o nada más un “si” mental? La respuesta es sencilla y anteriormente la había formulado: Yo no he definido mi ser, o en su defecto mis seres.

A diferencia de este amigo, compañero, conocido, yo creo una pantalla que me rodea trescientos sesenta grados. Todavía no encuentro ese otro lado del espejo en el que uno no tiene que preocuparse por el peinado y el maquillaje, porque simplemente no hay reflejo alguno que pueda criticarme. Estoy encerrada en una cárcel donde aprecio cada uno de mis ángulos desde todas las perspectivas sin entender aún cual es más real que el otro.

Fue cuando llegó este mensaje: “Acuérdate de mi suéter”. En esos momentos sonreí y una pequeña luz encandiló aquellos lados del espejo que sobraban en ese preciso instante. No necesito, agotar mi cerebro en nudos que con el tiempo se desatarán. Tengo aquellas personas que se asomaran por encima de los barrotes y me dirán: “Yo te ayudo a subir, vámonos.”

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