Todo comenzó un martes. Ni siquiera fue en la mañana, más bien después de medio día. Se supone que debía ser una fecha corriente sin ningún tipo de emoción. No era un momento especial como un feriado, tampoco había actividades fuera de lo normal que pudieran provocar algún tipo de influencia. Simplemente fue un suceso extraño.
Como uno está acostumbrado a una rutina tediosa en la que todos los días de la semana tienen un horario, una compañía y una situación predeterminados, la mente pierde su perspicacia y se vuelve inocente y lerda ante cualquier cambio repentino. Grave error.
Los pensamientos se dispersan sin concentrarse verdaderamente en las múltiples preguntas y posibles respuestas que se presentan a cada segundo en nuestro cerebro. Los sentimientos se vuelven superfluos, ya no logran un efecto lo suficientemente fuerte en nuestro organismo para que reaccionemos. El alrededor se funde en formas, colores y sonidos que identificamos, pero que ignoramos completamente. Ya no son importantes.
El problema es cuando perdemos ese escudo que nos aísla de la realidad. En el momento en que decidimos dar un nuevo vistazo fuera de la cáscara para asegurarnos de que todo está donde lo habíamos dejado antes, es cuando mas propensos estamos. Cualquier luz, por más mínima u opaca que sea, puede encandilar la visión y dejarnos aturdidos e indefensos.
Eso fue lo que sucedió ese dichoso martes. La sorpresa frenó mi cuerpo totalmente, como si una barrera de aire se hubiera solidificado a mí alrededor. No sabía que era lo que veía, no entendía porque era así, pero era real. Ahí estaba sin saber de mi presencia. No había ningún cambio tangible, tampoco un esfuerzo exterior, sin embargo el anonimato, y la negligencia habían desaparecido en mí.
A partir de ese día todo era diferente. El radio de mi burbuja se había expandido y yo buscaba la forma de que la causa de esto se presentara de nuevo. La necesidad de cambiar los patrones establecidos para encontrarme con esta inusual forma, hicieron que mis acciones se cuestionaran con frecuencia, a veces hasta me desviaba de mis principios.
En estos momentos sigo sin entender que fue lo que sucedió, y porque esto causó una impresión tan grande en mi. Sólo se que ya no hay vuelta atrás, y que desde esa ocasión las cosas dejaron de ser como antes las tenía pensadas. Ahora intento excursionar más en la realidad ajena para poderme topar con ese extraño suceso una vez más y así poder experimentar esas sensaciones que opacaron la rutina.

Ale, quiero continuar leyendo este libro...
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