Despiertas cuando
el cielo apenas destiñe. El sudor frío y las pulsaciones a mil te sacan de esos
sueños dulces como la miel, pesadillas de todos los días. Sabes que son reales
y eso te produce aun más miedo. Te restriegas la cara empapada, las sábanas se
adhieren a tu cuerpo medio desnudo. Cuánto las odias... y aún así no te
atreves a dormir sin ellas, son tu único consuelo a la hora de acostarte. Aún
debe ser muy temprano, demasiado temprano... nadie más estará despierto en la
casa. Sólo tu rondas como un muerto en vida a esas horas, rehusándote a
reconciliar el sueño. Ya lo has intentado y sabes que no sirve de nada.
Arrastras los pies hasta el baño mientras el frío matinal eriza ligeramente tu
piel. Ojala se debiera a esos sueños hechos realidad. Ojala fuera tu
realidad...
En el baño levantas
la cabeza pesadamente. Bellos orbes tan profundos te devuelven la mirada, una
mirada pobre y muerta, sin brillo, congelada desde hace mucho tiempo. Oh,
cuanto desearía acariciar tu rostro y devolverte la vida, aquella vida que me
arrancaste. Tus ojos dejan de ser azules para volverse ocres, oro derretido y
cálido. Cierras el puño con fuerza. Algún día lo harás, algún día harás
estallar el vidrio, dejarás la sangre correr y talvés su calor te recuerde que
aún perteneces a los que respiran, que aún te mueves entre los demás. Algún
día... pero no ese. No te atreves, nunca te atreves. El mundo sabría entonces que estás mal, que sufres. Eso no te lo puedes permitir. Oh, mi pobre alma en pena... Si me dejaras
liberarte sería todo tan diferente, pero ya es demasiado tarde para eso y tu
también lo sabes. Me has arrancado la vida y con ella se ha ido la tuya.
Te mojas la cara,
deseando que el agua fría congele cada uno de los sentimientos que aún polulan
en tu mente: fogatas al rojo vivo, noches iluminadas por la nieve, una
eternidad de vistazos perdidos, de sonrisas clandestinas. Ojala hubieran sido
sinceras. Cómo saberlo. Pertenecieron a un juego cruel, el cual terminaste con un jaque mate. Eras todas
las fichas: frontal como la torre, escurridizo como el caballo, galante como el
alfil. Fue una partida demasiado larga pero sin producir daño a terceros.
Nosotros eramos las únicas víctimas (talvés uno que otro envidioso, pero ellos
nunca existieron para nosotros), siempre los únicos blancos de apuñaladas
certeras y dolorosas... No intetabamos evitarlas, y para qué. Las disfrutabamos
como dos locos psicópatas. Y el mundo se preguntaba hasta donde llegaríamos,
pero nunca les importó. O quizás sí. A uno que otro le importabamos, pero nunca los dejamos acercarse... Finalmente
diste en el corazón y todo acabó...
Se forma un nudo en
tu garganta y lo reprimes, como siempre lo haces. Ya eres un experto. Sin mirar
más atrás bajas las escaleras hasta la cocina. ¿Siempre tomaste café? No lo
recuerdo, talvés nunca puse la atención adecuada. Me pregunto ahora si aquellos
detalles me importaron alguna vez, si los visualicé en un futuro cercano. Es seguro que
lo hubiera hecho, pero tu nunca me enseñaste esos pequeños detalles. Nunca
confiaste en mí como yo nunca lo hice en tí. Nunca me dejaste entrar en tu vida
de farsas, nunca me invitaste a una taza de café. Y nunca sabrás que lo detesté
siempre, porque nunca preguntaste si me gustaba... Tu fiel amigo, tu único amigo
el perro despierta atontado gracias a tus pasos perezosos. El siempre mueve la
cola incondicional, aun cuando hayas cometido otro asesinato y vuelvas a
la casa con los dedos empapados de sangre. El te saluda como si la vida se le
fuera en ello, y entonces te permites llorar unos segundos. Pero sólo lloras en
tu mente, hace años que tu alma se secó. Tampoco me dejaste acercarme a él, a
tu fiel amigo el perro, tu único amigo. Tenías miedo de perderlo a él también
como te perdiste a ti mismo, nunca confiaste en mí.
En la cocina
inicias esos movimientos monótonos de quien sólo actúa porque así lo dicta la
rutina. Te haces tu taza de café y mientras viertes el líquido ardiente un
escalofrío recorre tu espalda desnuda. Sabes que te observo, tan inocente como nunca
antes lo fui. Sientes miedo y evitas a toda costa volverte. Si esperas
suficiente talvés me esfume, o talvés esperas que realmente aparezca. Extraño
como mis huellas digitales aparecen en la puerta del refrigerador, en un vaso
abandonado en el lavaplatos, en el periódico viejo y revuelto. En ese momento
hace eternidades ya habías tomado la desición, ya sabías que moriría en tus
brazos. La despedida fue lo más difícil. Tu ya te habías congelado para ese
entonces. Habías aceptado ese destino que tu mismo forjaste. Y así también
viertes la taza de café, ya preparado para el día que empieza. Cuando den las
nueve de la mañana toda confusión se habrá esfumado y volverás a ser ese muerto
en vida por el cual las personas rezan. Se que crees, se que esperas que algún
ángel te libere, pero hasta las cuatro de la tarde no tienes salvación, no eres
nadie, no eres nada. Andas, respiras, comes y hablas sin vivir...
Las horas pasan, el
sol avanza y yo estoy siempre a tu lado. Me camuflo entre pensamientos, en el
calor insoportable y el sudor inevitable, entre las personas que van y vienen
(ahí estoy, ahí desaparezco detrás de un pilar griego... ahí estoy, ahí
desaparezco en medio de un grupo escandaloso...). Disfrazas tu soledad con
cigarrillos asquerosos, cervezas baratas en horas inadecuadas y cortejos
lascivos, fríos y faltos de tacto. Te das asco y sabes que siempre me diste
asco. Por eso te odiaba y eso lo disfrutabas, no confiabas en mí y por eso
deseabas alejarme. Y yo también lo deseaba y deseaba odiarte y deseaba acabar
con tu vida. Cuanto hubiera deseado ser yo el autor de aquel asesinato dulce,
sostener tu cuerpo mientras tus ojos se volvían cuencas vacías, mientras tu
última sonrisa me la dedicabas a mí. Y ahora en cambio sigues matando. Tus
manos son zarpas de lobo, esperas con el espinazo encorvado, jadeando en la
oscuridad, buscando a tu próxima presa. Y sabes que nunca más probarás carne tan
deliciosa como la mía... Por eso sigues matando.
Llega la hora de la
siesta. Aveces antes de tiempo, pero nunca antes de las cuatro de la tarde.
Tendrás tiempo hasta las siete, siempre fuimos tempraneros. Escogerás el sillón
en medio de las sala de estar. Te gusta el melodrama y ese habría sido el
escenario perfecto para mi muerte. Así lo habrías deseado, pero tampoco
olvidabas al resto. Aquello sólo pertenecía a tus fantasías. Al fin llegaríamos
y tu te rehusarías a levantarte para aumentar el efecto dramático. Yo sólo te
observaría conteniendo cualquier sonrisa furtiva... conozco tus engaños como la misma palma de mi mano. Aún así para ese entonces ya me habría enredado en tu invisible telaraña. Seguramente
ya sabría también que había perdido desde hace mucho tiempo... Todas las piezas seguían sobre el tablero
y aún así el último acto se acercaba. Conocías mi amor por los finales
shakespeareanos y mi disposición a acabar de igual forma. Sabías que era masoquista de nacimiento... Y mírate ahora: sólo repites la misma escena ya curtida y gris, imaginando que son mis ojos
los que pierden la vida. Sabes que nunca más volverás a sentir satisfacción,
pero es la única manera de calmar tu alma maldita, de hacerle creer que
aquellos instantes mágicos fueron infinitos...
Luego te darás asco
y querrás gritar, reventar ventanas y deshacerte en llanto. Pero eso sólo lo
deseará tu corazón, porque tu no te atreveras. Tus ojos muertos observaran su obra ensangrentada, llena
de dolor incontenible. Eso te enfurece aun más. Yo nunca te mostré dolor hasta
cuando ya estuve en la tumba. En esos momentos mis fuerzas me traicionaron y desee
aferrarme a la vida, pero una vez más era demasiado tarde. Me dejaste caer en
el vacío, aun con la seguridad de que te arrepentirías luego, de que aquel era
el error más grande de tu vida... O tal vez eso fue lo quice creer, tus ojos
nunca me dijeron nada. Tenía que adivinar, andar a oscuras, perder el tiempo en
juegos de azar. Y aún así todo fue inútil... Cuando finalmente lo entendí te
odié con todo mi corazón, y me odié con impotencia, pero te odié aun más...
Tu trabajo fue
limpio hasta el final y ahora despierto en las mañanas imaginando que tu llevas
horas fuera de la cama sin poder conciliar el sueño, sufriendo una muerte que
tu provocaste. Pero esas son mis ficciones, tus ojos seguirán igual de fríos y
muertos... Tus sentimientos seguirán enterrados en lo más profundo de tu alma y yo
no seré nadie más para tí. Aun así me aferro a mis pesadillas, dulce sueños de
miel, realidades pasadas e inalcanzables. Cada vez que despierto con el rostro
empapado, la respiración agitada y las pulsaciones a mil, no puedo evitar
volver a pensar en mi muerte. Fue el momento más bello de mi existencia, fue la
perdición de mi alma. Ojala pudiera acabar contigo como tu acabaste conmigo...

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