Ese día
conocí a la muerte. Era una figura gris, con una larga capa rasgada y desteñida.
Intentaba sonreir con dulzura, pero la nostalgia oprimía el gesto. Sus ojos no
brillaban, eran opacos y tristes. Estaban cansados y se rehusaban a robarle mas
víctimas a la vida. Esquivaba nuestras miradas llenas de terror, mientras
nosotros temblábamos en el suelo destrozado. Temblábamos de miedo y de frío, más
de miedo que de frío. Temblábamos porque nuestro cuerpo no sabía que más hacer.
Sus manos también lo hacían. Temblaban ligeramente, pero sin dejar de aferrarse
a la esfera de cristal que sujetaban. Esta mostraba entre volutas de humo
rostros sufriendo y gritando, rostros sumidos en plácidos sueños.
Y cada vez que brillaba, el gemía y se aferraba más a ella hasta que sus
nudillos y dedos palidecían. Sus resecos y resquebrajados labios pronunciaban
entondes el nombre de Dios. Lo pronunciaban con una voz apenas audible, una voz
doliente. Era un ser descorazonado, que parecía sufrir más por nosotros que los
mismos ángeles.
Ese día
conocí a la peste, a la enfermedad misma en un cuerpo desgarbado, bajo una piel
cetrina roída por el viento y la arena. Sus pómulos acentuaban su rostro y la
barba dispareja y corta parecía no tener mas fuerzas para crecer. Su mirada era
lejana y se debatía entre la indiferencia y el fastidio. Parecía concentrarse
en un horizonte inexistente, en un cielo que quizás escondía algo que no
deseaba mostrarse. Sus manos se escondían en los bolsillos de un pantalón verde
y viejo, mientras sus labios se entretenían con un cigarrillo infinito. Lo mascaba
de vez en cuando, inhalaba aun más seguido soltando luego el humo púrpura y
tóxico por la fisura de sus labios. No hablaba pues no tenía por qué. Nunca nos
miró, quizás nunca se enteró de que ahí estabamos, temblando sobre el suelo
despedazado y esperando un final que no llegaba, talvez nunca se atrevió. Su
silencio era el único téstigo de la piedad que no podía brindar.
Ese día
conocí al hambre. Era la locura y la desesperación encarnada, todo su cuerpo
emanaba destrucción. Sus ojos destellaban deseosos y su sonrisa se deformaba en
una mueca de desquicio. Largos caninos brillaban tan blancos como el frío
marmol y un gutural sonido brotaba de su gargante como la amenaza de una fiera
encerrada. Sus manos se abrían y cerraban como si así pudiera agotar el tiempo
que aun lo retenía. Para el no existíamos. No eramos más que la piedra que
sucumbiría entre sus garras de acero. El miedo y la angustia que
transformabamos en temblores inevitables se mezclaban junto al resto de los
aromas terrenales que enloquecían sus instintos. El le robaba el fuego a la
vida y con el devoraba todo a su paso, arrasaba todo lo que se interponía en su
camino. No conocía la distinción entre el bien o el mal, tampoco le importaba
con tal de que el ácido en sus entrañas fuera saciado.
Ese día
conocí a la victoria. Un ser que aparentaba fragilidad, tan indecifrable como
una estatua configurada para la adoración. Su cuerpo brillaba como el cristal,
era duro y frío como este. Su semblante era desalmado, completamente falto de
compasión. Sus ojos vacíos no mostraban más que el blanco de la nada, un vacío
interminable en el que todo perdía sentido y se volvía uno. Sus labios sellados
eran rojos como la piedra rubí, nunca pronunciaron sonido alguno. Dudo que
pudieran hacerlo, en ellos no existía el libre albedrío, sólo decisiones ya
tomadas. Junto a ella no podíamos sentir esperanza o posibilidad alguna de
salvación. Nos dejaría ahí sobre ese suelo destrozado sin importarle cuando acabría
finalmente nuestra angustiosa espera. No escucharía ruegos, no escucharía
plegarias ni oraciones, tampoco arrepentimientos o llantos. Su misión había
sido determinada y nosotros ya no teníamos tiempo de cambiar nada.
Ese día
conocí nuestro fin. Un dragón negro como las tinieblas del infierno, de cuencas
rojas y refulgientes como la lava ardiente. Rugía con ira mientras expulsaba
muerte y desolación desde sus entrañas. Sus anchas alas cubrían el mismo
cielo y su largo cuello amenazaba con alcanzar el sol también. Sus zarpas
asesinas aplastaban sin cuidado todo a su paso, desgarraban la tierra y la
hacían temblar bajo su destrucción. El había venido por nosotros. Ya no había
futuro, nunca había existido para nosotros. Nosotros que temblabamos indefensos
sobre el suelo destrozado no eramos los elegidos, nunca los fuimos. Y esto lo
supe cuando vi la tristeza en la sonrisa de la muerte, cuando escuché el
silencio piadoso de la peste, cuando temí a la locura del hambre. La victoria
no sería nuestra.
La victoria pertenecía
al oso en el polo, al tigre en la selva, a la ballena en los oceanos. La
victoria no había llegado para salvarnos, sino para abrirle paso a las
enredaderas que aplastarían los castillos y las estatuas, para introducir las
tempestades que acabarían por enterrarnos junto al tronco caído y a la flor
reseca. Quizás nuestra madre nos perdonaría, perdonaría a este hijo que jamás
regresó, que no encontró nunca el camino de vuelta, que simplemente lo ignoró.
Y entonces nos permitíria volver al inicio de todo, al núcleo del mundo donde seríamos
desintegrados junto a los demás, junto a nuestros vecinos, junto a nuestros
enemigos. Nadie ni nada podría reconocernos entonces. Brotaríamos nuevamente
como dientes de león, sin conciencia y sin razón, y seríamos levantados por
rafagas de viento que nos transportarían hasta donde vuela algún joven halcón
de alas aterciopeladas, el cual observa su reflejo en un lago colmado de nubes.
Tal vez nuestra madre pudiera concedernos esta segunda oportunidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario