jueves, 4 de abril de 2013

El Asesino






Despiertas cuando el cielo apenas destiñe. El sudor frío y las pulsaciones a mil te sacan de esos sueños dulces como la miel, pesadillas de todos los días. Sabes que son reales y eso te produce aun más miedo. Te restriegas la cara empapada, las sábanas se adhieren a tu cuerpo medio desnudo. Cuánto las odias... y aún así no te atreves a dormir sin ellas, son tu único consuelo a la hora de acostarte. Aún debe ser muy temprano, demasiado temprano... nadie más estará despierto en la casa. Sólo tu rondas como un muerto en vida a esas horas, rehusándote a reconciliar el sueño. Ya lo has intentado y sabes que no sirve de nada. Arrastras los pies hasta el baño mientras el frío matinal eriza ligeramente tu piel. Ojala se debiera a esos sueños hechos realidad. Ojala fuera tu realidad... 

En el baño levantas la cabeza pesadamente. Bellos orbes tan profundos te devuelven la mirada, una mirada pobre y muerta, sin brillo, congelada desde hace mucho tiempo. Oh, cuanto desearía acariciar tu rostro y devolverte la vida, aquella vida que me arrancaste. Tus ojos dejan de ser azules para volverse ocres, oro derretido y cálido. Cierras el puño con fuerza. Algún día lo harás, algún día harás estallar el vidrio, dejarás la sangre correr y talvés su calor te recuerde que aún perteneces a los que respiran, que aún te mueves entre los demás. Algún día... pero no ese. No te atreves, nunca te atreves. El mundo sabría entonces que estás mal, que sufres. Eso no te lo puedes permitir. Oh, mi pobre alma en pena... Si me dejaras liberarte sería todo tan diferente, pero ya es demasiado tarde para eso y tu también lo sabes. Me has arrancado la vida y con ella se ha ido la tuya.

Te mojas la cara, deseando que el agua fría congele cada uno de los sentimientos que aún polulan en tu mente: fogatas al rojo vivo, noches iluminadas por la nieve, una eternidad de vistazos perdidos, de sonrisas clandestinas. Ojala hubieran sido sinceras. Cómo saberlo. Pertenecieron a un juego cruel, el cual terminaste con un jaque mate. Eras todas las fichas: frontal como la torre, escurridizo como el caballo, galante como el alfil. Fue una partida demasiado larga pero sin producir daño a terceros. Nosotros eramos las únicas víctimas (talvés uno que otro envidioso, pero ellos nunca existieron para nosotros), siempre los únicos blancos de apuñaladas certeras y dolorosas... No intetabamos evitarlas, y para qué. Las disfrutabamos como dos locos psicópatas. Y el mundo se preguntaba hasta donde llegaríamos, pero nunca les importó. O quizás sí. A uno que otro le importabamos, pero nunca los dejamos acercarse... Finalmente diste en el corazón y todo acabó...

Se forma un nudo en tu garganta y lo reprimes, como siempre lo haces. Ya eres un experto. Sin mirar más atrás bajas las escaleras hasta la cocina. ¿Siempre tomaste café? No lo recuerdo, talvés nunca puse la atención adecuada. Me pregunto ahora si aquellos detalles me importaron alguna vez, si los visualicé en un futuro cercano. Es seguro que lo hubiera hecho, pero tu nunca me enseñaste esos pequeños detalles. Nunca confiaste en mí como yo nunca lo hice en tí. Nunca me dejaste entrar en tu vida de farsas, nunca me invitaste a una taza de café. Y nunca sabrás que lo detesté siempre, porque nunca preguntaste si me gustaba... Tu fiel amigo, tu único amigo el perro despierta atontado gracias a tus pasos perezosos. El siempre mueve la cola incondicional, aun cuando hayas cometido otro asesinato y vuelvas a la casa con los dedos empapados de sangre. El te saluda como si la vida se le fuera en ello, y entonces te permites llorar unos segundos. Pero sólo lloras en tu mente, hace años que tu alma se secó. Tampoco me dejaste acercarme a él, a tu fiel amigo el perro, tu único amigo. Tenías miedo de perderlo a él también como te perdiste a ti mismo, nunca confiaste en mí. 

En la cocina inicias esos movimientos monótonos de quien sólo actúa porque así lo dicta la rutina. Te haces tu taza de café y mientras viertes el líquido ardiente un escalofrío recorre tu espalda desnuda. Sabes que te observo, tan inocente como nunca antes lo fui. Sientes miedo y evitas a toda costa volverte. Si esperas suficiente talvés me esfume, o talvés esperas que realmente aparezca. Extraño como mis huellas digitales aparecen en la puerta del refrigerador, en un vaso abandonado en el lavaplatos, en el periódico viejo y revuelto. En ese momento hace eternidades ya habías tomado la desición, ya sabías que moriría en tus brazos. La despedida fue lo más difícil. Tu ya te habías congelado para ese entonces. Habías aceptado ese destino que tu mismo forjaste. Y así también viertes la taza de café, ya preparado para el día que empieza. Cuando den las nueve de la mañana toda confusión se habrá esfumado y volverás a ser ese muerto en vida por el cual las personas rezan. Se que crees, se que esperas que algún ángel te libere, pero hasta las cuatro de la tarde no tienes salvación, no eres nadie, no eres nada. Andas, respiras, comes y hablas sin vivir...

Las horas pasan, el sol avanza y yo estoy siempre a tu lado. Me camuflo entre pensamientos, en el calor insoportable y el sudor inevitable, entre las personas que van y vienen (ahí estoy, ahí desaparezco detrás de un pilar griego... ahí estoy, ahí desaparezco en medio de un grupo escandaloso...). Disfrazas tu soledad con cigarrillos asquerosos, cervezas baratas en horas inadecuadas y cortejos lascivos, fríos y faltos de tacto. Te das asco y sabes que siempre me diste asco. Por eso te odiaba y eso lo disfrutabas, no confiabas en mí y por eso deseabas alejarme. Y yo también lo deseaba y deseaba odiarte y deseaba acabar con tu vida. Cuanto hubiera deseado ser yo el autor de aquel asesinato dulce, sostener tu cuerpo mientras tus ojos se volvían cuencas vacías, mientras tu última sonrisa me la dedicabas a mí. Y ahora en cambio sigues matando. Tus manos son zarpas de lobo, esperas con el espinazo encorvado, jadeando en la oscuridad, buscando a tu próxima presa. Y sabes que nunca más probarás carne tan deliciosa como la mía... Por eso sigues matando.

Llega la hora de la siesta. Aveces antes de tiempo, pero nunca antes de las cuatro de la tarde. Tendrás tiempo hasta las siete, siempre fuimos tempraneros. Escogerás el sillón en medio de las sala de estar. Te gusta el melodrama y ese habría sido el escenario perfecto para mi muerte. Así lo habrías deseado, pero tampoco olvidabas al resto. Aquello sólo pertenecía a tus fantasías. Al fin llegaríamos y tu te rehusarías a levantarte para aumentar el efecto dramático. Yo sólo te observaría conteniendo cualquier sonrisa furtiva... conozco tus engaños como la misma palma de mi mano. Aún así para ese entonces ya me habría enredado en tu invisible telaraña. Seguramente ya sabría también que había perdido desde hace mucho tiempo... Todas las piezas seguían sobre el tablero y aún así el último acto se acercaba. Conocías mi amor por los finales shakespeareanos y mi disposición a acabar de igual forma. Sabías que era masoquista de nacimiento... Y mírate ahora: sólo repites la misma escena ya curtida y gris, imaginando que son mis ojos los que pierden la vida. Sabes que nunca más volverás a sentir satisfacción, pero es la única manera de calmar tu alma maldita, de hacerle creer que aquellos instantes mágicos fueron infinitos...

Luego te darás asco y querrás gritar, reventar ventanas y deshacerte en llanto. Pero eso sólo lo deseará tu corazón, porque tu no te atreveras. Tus ojos muertos observaran su obra ensangrentada, llena de dolor incontenible. Eso te enfurece aun más. Yo nunca te mostré dolor hasta cuando ya estuve en la tumba. En esos momentos mis fuerzas me traicionaron y desee aferrarme a la vida, pero una vez más era demasiado tarde. Me dejaste caer en el vacío, aun con la seguridad de que te arrepentirías luego, de que aquel era el error más grande de tu vida... O tal vez eso fue lo quice creer, tus ojos nunca me dijeron nada. Tenía que adivinar, andar a oscuras, perder el tiempo en juegos de azar. Y aún así todo fue inútil... Cuando finalmente lo entendí te odié con todo mi corazón, y me odié con impotencia, pero te odié aun más...

Tu trabajo fue limpio hasta el final y ahora despierto en las mañanas imaginando que tu llevas horas fuera de la cama sin poder conciliar el sueño, sufriendo una muerte que tu provocaste. Pero esas son mis ficciones, tus ojos seguirán igual de fríos y muertos... Tus sentimientos seguirán enterrados en lo más profundo de tu alma y yo no seré nadie más para tí. Aun así me aferro a mis pesadillas, dulce sueños de miel, realidades pasadas e inalcanzables. Cada vez que despierto con el rostro empapado, la respiración agitada y las pulsaciones a mil, no puedo evitar volver a pensar en mi muerte. Fue el momento más bello de mi existencia, fue la perdición de mi alma. Ojala pudiera acabar contigo como tu acabaste conmigo...          

sábado, 16 de febrero de 2013

Apocalipsis





Ese día conocí a la muerte. Era una figura gris, con una larga capa rasgada y desteñida. Intentaba sonreir con dulzura, pero la nostalgia oprimía el gesto. Sus ojos no brillaban, eran opacos y tristes. Estaban cansados y se rehusaban a robarle mas víctimas a la vida. Esquivaba nuestras miradas llenas de terror, mientras nosotros temblábamos en el suelo destrozado. Temblábamos de miedo y de frío, más de miedo que de frío. Temblábamos porque nuestro cuerpo no sabía que más hacer. Sus manos también lo hacían. Temblaban ligeramente, pero sin dejar de aferrarse a la esfera de cristal que sujetaban. Esta mostraba entre volutas de humo rostros sufriendo y gritando, rostros sumidos en plácidos sueños. Y cada vez que brillaba, el gemía y se aferraba más a ella hasta que sus nudillos y dedos palidecían. Sus resecos y resquebrajados labios pronunciaban entondes el nombre de Dios. Lo pronunciaban con una voz apenas audible, una voz doliente. Era un ser descorazonado, que parecía sufrir más por nosotros que los mismos ángeles. 

Ese día conocí a la peste, a la enfermedad misma en un cuerpo desgarbado, bajo una piel cetrina roída por el viento y la arena. Sus pómulos acentuaban su rostro y la barba dispareja y corta parecía no tener mas fuerzas para crecer. Su mirada era lejana y se debatía entre la indiferencia y el fastidio. Parecía concentrarse en un horizonte inexistente, en un cielo que quizás escondía algo que no deseaba mostrarse. Sus manos se escondían en los bolsillos de un pantalón verde y viejo, mientras sus labios se entretenían con un cigarrillo infinito. Lo mascaba de vez en cuando, inhalaba aun más seguido soltando luego el humo púrpura y tóxico por la fisura de sus labios. No hablaba pues no tenía por qué. Nunca nos miró, quizás nunca se enteró de que ahí estabamos, temblando sobre el suelo despedazado y esperando un final que no llegaba, talvez nunca se atrevió. Su silencio era el único téstigo de la piedad que no podía brindar. 

Ese día conocí al hambre. Era la locura y la desesperación encarnada, todo su cuerpo emanaba destrucción. Sus ojos destellaban deseosos y su sonrisa se deformaba en una mueca de desquicio. Largos caninos brillaban tan blancos como el frío marmol y un gutural sonido brotaba de su gargante como la amenaza de una fiera encerrada. Sus manos se abrían y cerraban como si así pudiera agotar el tiempo que aun lo retenía. Para el no existíamos. No eramos más que la piedra que sucumbiría entre sus garras de acero. El miedo y la angustia que transformabamos en temblores inevitables se mezclaban junto al resto de los aromas terrenales que enloquecían sus instintos. El le robaba el fuego a la vida y con el devoraba todo a su paso, arrasaba todo lo que se interponía en su camino. No conocía la distinción entre el bien o el mal, tampoco le importaba con tal de que el ácido en sus entrañas fuera saciado.  

Ese día conocí a la victoria. Un ser que aparentaba fragilidad, tan indecifrable como una estatua configurada para la adoración. Su cuerpo brillaba como el cristal, era duro y frío como este. Su semblante era desalmado, completamente falto de compasión. Sus ojos vacíos no mostraban más que el blanco de la nada, un vacío interminable en el que todo perdía sentido y se volvía uno. Sus labios sellados eran rojos como la piedra rubí, nunca pronunciaron sonido alguno. Dudo que pudieran hacerlo, en ellos no existía el libre albedrío, sólo decisiones ya tomadas. Junto a ella no podíamos sentir esperanza o posibilidad alguna de salvación. Nos dejaría ahí sobre ese suelo destrozado sin importarle cuando acabría finalmente nuestra angustiosa espera. No escucharía ruegos, no escucharía plegarias ni oraciones, tampoco arrepentimientos o llantos. Su misión había sido determinada y nosotros ya no teníamos tiempo de cambiar nada. 

Ese día conocí nuestro fin. Un dragón negro como las tinieblas del infierno, de cuencas rojas y refulgientes como la lava ardiente. Rugía con ira mientras expulsaba muerte y desolación desde sus entrañas. Sus anchas alas cubrían el mismo cielo y su largo cuello amenazaba con alcanzar el sol también. Sus zarpas asesinas aplastaban sin cuidado todo a su paso, desgarraban la tierra y la hacían temblar bajo su destrucción. El había venido por nosotros. Ya no había futuro, nunca había existido para nosotros. Nosotros que temblabamos indefensos sobre el suelo destrozado no eramos los elegidos, nunca los fuimos. Y esto lo supe cuando vi la tristeza en la sonrisa de la muerte, cuando escuché el silencio piadoso de la peste, cuando temí a la locura del hambre. La victoria no sería nuestra. 

La victoria pertenecía al oso en el polo, al tigre en la selva, a la ballena en los oceanos. La victoria no había llegado para salvarnos, sino para abrirle paso a las enredaderas que aplastarían los castillos y las estatuas, para introducir las tempestades que acabarían por enterrarnos junto al tronco caído y a la flor reseca. Quizás nuestra madre nos perdonaría, perdonaría a este hijo que jamás regresó, que no encontró nunca el camino de vuelta, que simplemente lo ignoró. Y entonces nos permitíria volver al inicio de todo, al núcleo del mundo donde seríamos desintegrados junto a los demás, junto a nuestros vecinos, junto a nuestros enemigos. Nadie ni nada podría reconocernos entonces. Brotaríamos nuevamente como dientes de león, sin conciencia y sin razón, y seríamos levantados por rafagas de viento que nos transportarían hasta donde vuela algún joven halcón de alas aterciopeladas, el cual observa su reflejo en un lago colmado de nubes. Tal vez nuestra madre pudiera concedernos esta segunda oportunidad.