Son las arenas del desierto. Se levantan como el oleaje en el mar siendo incitadas por el viento invisible, a veces una brisa suave y delicada, a veces una tormenta salvaje e indomable. Los difusos oasis. Paraísos extraviados en ese paisaje aparentemente árido y lejano. Infinitos, inalcanzables…
Y yo estoy en medio, sentada en flor de loto con sedas oscuras como el profundo mar envolviendo mi expresión, guantes gruesos cubriendo mis manos delicadas, el cielo estrellado rodeándome y el cantar de un halcón acompañando mi noche…
Tomo la siguiente ficha blanca… Blanca como la pureza intachable que pretende mostrar, blanca como la inocencia en una mirada inexperta… La Reina. La obligo a salir de su trono hasta un escaque negro. Sus pasos aun son cortos y vacilantes. Los peones se esparcen estratégicamente como hologramas que reflejan los deseos del enemigo. Es hora de apartarlos… Dejo la pieza y espero…
Largos segundos se gastan antes de tomar la siguiente. Vacilo pero mis ojos ya están bajo el influjo de las joyas que brillan en el mármol negro. El jinete sobre su corcel, el agua de los oasis, verde y azul, refulgiendo en su mirada hipnotizadora. Una invitación tentadora o una trampa mortal… Un juego enigmático en el que soy cazador… o presa. Un último suspiro antes de que mi mano suelte el caballo en el escaque blanco.
El viento aúlla, las arenas del desierto se agitan con violencia, el halcón canta una última vez… La suerte está echada…

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