martes, 21 de junio de 2011

Papel y Lápiz



Estaba recostada contra el borde metálico del mesón. Solo fueron necesarios segundos antes de que el frío de este dejara de contrastar con su piel cálida escondida bajo el tosco uniforme. No, realmente no lo era, o tal vez si… Tela gruesa y desteñida, gastada y tiesa por el queso viejo el agua repetida y el jabón en polvo… Ella si lo consideraría tosco… ¿Y por qué no?

Se llevó la botella a los labios, la rosca sin apretar completamente para permitir que el oxigeno llenara el espacio que el agua abandonaba al deslizarse por su boca y perderse finalmente en su cuerpo… Todo con el burbujeante sonido de fondo... No las burbujas gordas de pecera, si no pequeñas, miniaturas…. 

La noche afuera convertía la ventana en un espejo de mala calidad que reflejaba su figura de forma perfecta si se tomaba en cuenta que, en efecto, no era un espejo... Los colores opacados y mezclados con el negro contrastaban perfectamente, delineando los límites de cada cosa con precisión… ¿Y su mirada se veía así de miserable…? ¿No era efecto del vidrio antes ventana y ahora espejo? Ella decía miserable, su madre posiblemente habría dicho insoportable aunque en efecto esa no hubiera sido la palabra que habría utilizado… O tal vez si pero con otra definición… ¡Cada una podía tener tantos significados!

Una música romántica de los noventa  la acompañaba en la soledad… La conocía y se sabía el estribillo aunque no pudiera repetir la letra… Era una mujer de mirada dolida y lágrimas a punto de desbordarse por sus mejillas decoradas con rubor para que hiciera un lindo efecto bajo las bombillas a cincuenta grados del escenario... Una mujer que estrujaba su propio corazón palpitante con la mano para exprimir cada uno de sus sentimientos, luego transmitidos en notas demasiado altas o largas para cualquier garganta humana promedio…

“…My heart will go on…” Cantó entre murmullos sin seguir la melodía real… Después de todo no era la misma cantante, tampoco la misma canción ni la misma letra, pero el punto ahí era que todas eran iguales… Un momento… ¿Quién había cambiado la emisora…?

Enarcó una ceja mientras miraba de reojo y con sospecha el antiquísimo aparato negro aun con lindas gavetas para los casetes… Tal vez no era tan arcaico… No consideraba que diez años fuera demasiado tiempo, si es que esa era en efecto la edad del susodicho objeto (había sido la primera cifra que se le vino a la cabeza, si debía ser sincera…). Diez años apenas era la mitad de su vida, un abrir y cerrar de ojos, un santiamén… Y pensar que hacía una década se habían derrumbado esos famosos edificios de los cuales nunca había conocido el nombre real… Mentira, si lo conocía y lo reconocía, que era lo importante al fin y al cabo, pero no podía repetirlo… Así como la letra de la canción de la mujer dolida… (De la, del, de él, de las… Tres tristes tigres comieron trigo en un trigal…)

¡Cuántos pensamientos inútiles en cuestión de segundos! Aunque en su mente había sido un poco más, una hora quizás si se permitía hipérboles… Y todo sólo en unos pocos segundos… La habían llamado escéptica hacía sólo unas cuantas horas y en cambio lo sentía fresco como si hubiera sucedido sólo unos minutos atrás, lo que se dura de la entrada a la cocina, no más de diez pasos… (¿Y de nuevo el diez…?) No sabía si eran menos o más de diez pasos, nunca los había contado y nunca lo haría... ¡Jamás! Aunque ahora que lo había pensado posiblemente la próxima vez lo haría, sólo para que la curiosidad matara al gato (pobre gato…). ¿A quién engañaba…? Mañana ya se le habría olvidado…

¿Realmente lo era? ¿Realmente era una escéptica? Y si lo era… ¿Cómo podía ser escéptica y feliz…? Ella no le encontraba el problema realmente… No eran palabras antónimas, tal vez ambas adjetivos, pero eso más bien las hacía iguales y no contrarias. ¿En otro idioma quizás…? “Skeptisch…” “Fröhlich…” Incluso rimaban aunque la fonología difiriera levemente al final, pero lo que importaban eran las vocales (la vocal en este caso)… Y pensar que esa simple letra, tan insípida y sin gracia, podría crear un poema… ¿Y llaman a la poesía arte? Esperaba le permitieran ser escéptica en lo que al tema se refería, y no precisamente una escéptica feliz dicho y sea de paso... ¿Cómo podía serlo si las oraciones demasiado cortas y el cantadito, como olas de altamar en carabela, estorbaban al igual que las moscas en las imágenes de bovinos de las revistas de NatGeo? (Realmente nunca las había contemplado más de lo que se dura en pasar una página. Nunca le había interesado el ganado aun cuando fuera Tauro y muy orgullosa, tenía que aceptarlo… Aun así se rehusaba a ser relacionada con una vaca, ella era un toro negro de músculos de boxeador… ¡Era un Lamborghini! Pero no era Muhammad Ali… Con el no se sentía identificada realmente, ninguna razón en espacial ahora que lo pensaba…)

Una presencia ajena detuvo la corriente de pensamientos que giraba en el disco de acetato (aun más arcaico que las gavetas para casetes). ¿Cuánto había pasado? ¿Segundos o minutos…? Horas no podía ser definitivamente, pero no tenía su reloj de pulsera para verificar… (¡Qué desesperante era el existir sin reloj!)
En algún momento había cambiado el peso a la otra pierna (la izquierda) y ahora su brazo colgaba desganado a un costado de su cuerpo (el izquierdo). Sujetaba la botella del cuello, aun con la rosca sin apretar del todo y amenazando con caer en cualquier momento, mientras la balanceaba lentamente, muy lentamente aunque constante, siempre constante hasta que la presencia la interrumpió…

-Ponte a trabajar…

-Nada que hacer…

-Ponte a trabajar…

-Ponte tú a trabajar…

-Ponte a trabajar…

Y desapareció nuevamente por el lado contrario del que había llegado (el derecho) llevándose consigo las últimas notas de su voz necesitada de atención y deseosa por matar instantes de ociosidad (la cual estaba vetada, prohibida, tema tabú…) con comunicación suelta e ilusa.

Volvía a encontrarse sola, la mujer del corazón palpitante ya se había ido también… Ahora sonaba muy bajito una canción completamente desconocida, ni si quiera podía tararear un ritmo sacado en forma de conejo blanco de su sombrero… Aun así seguía siendo una melodía igual a todas las demás, aunque en este caso se tratara de una tonalidad masculina (de esas que nunca le habían gustado)… Generalmente tenían un nombre bastante cliché así como ¿Michael…? Era lo más probable. Y los apellidos consistían simplemente en amontonados de letras, algunos simples otros que nada más verlos se resignaba a su escasa poliglotía… Eso sí, la mayoría comenzaban con… ¿D? ¿F? ¿L?...

Se giró sobre su propio eje para estrellarse (de forma figurada) con una lata industrial de sardinas. Nuevamente arqueó una ceja de forma elegante mientras una sonrisa felina se dibujaba en su rostro... Y Michael seguía insistiendo en el fondo con la necia melodía que no le gustaba para nada…

“Vida mía que me das hermosas alas para levantarme hasta el cielo y al mismo tiempo encadenas mis tobillos a piedras de plomo…” Posiblemente habrían sido las palabras de Shakespeare si se encontrara en su situación… Aunque él le habría agregado un dramático “Oh” al principio de la frase que, si en efecto la hubiera dicho el sentimental inglés, sería célebre en esos momentos… Pero no era el caso y eso de los anglicismos tampoco era lo suyo (a menos de que se tratara de insultar objetos inanimados y a veces insectos, entonces eran bastante prácticos) por lo tanto se mantendría fiel a su idioma, hermosa herencia de emperadores y hombres de miradas como oasis en el desierto… En todo caso estaba segura de que así habría dicho Shakespeare, mientras observaba con devoción romántica la calavera de ojos azules pero cuencas vacías… Ella podía usar su lata industrial de sardinas si es que le cabía en una mano… si no suponía que tendría que usar ambas, aunque no sabía si la impresión sería la misma… Ahora que lo imaginaba, no debía verse tan mal…

Observó la etiqueta de papel con borde rojo que mostraba las miserables tiritas en las que se habían convertido los dichosos peces…

¿En que había estado pensando antes…? Discos de acetato, moscas y bovinos, poesía y carabelas… Y el escepticismo… Había estado comparando la felicidad con el escepticismo. (¡Mirá vos! Ahora eran ambos substantivos… ¡Qué hermosa cosa era eso que llaman el idioma!) ¿Y por qué los comparaba…? ¡A nadie se le ocurriría jamás compararlos! Tal vez sólo al que le había dicho que era una escéptica. Después de todo a causa de él ahora quemaba neuronas de forma innecesaria en filosofías que a nadie interesaban (en realidad eso siempre lo hacía, pero nunca antes había realizado el proceso con sardinas). ¿La filosofía de la escéptica felicidad? ¿Del escepticismo feliz? (Ahora eran incluso combinables… adjetivo y substantivo, substantivo y adjetivo… ¡Hermoso!)

Sujetó la enorme lata con una mano (a duras penas) mientras que con la otra el enorme abre fácil. Era enorme realmente, una maravilla de la ingeniería, el sueño de un gato callejero y con sombrero de ala ancha como esos que salían en las series animadas… Uno… Dos… Tres… Tiró con fuerza y a la vez con cuidado para desprender el aluminio que hacía de tapadera, tratando de impedir una erupción de aceite apestoso y color rojizo. (Eran sardinas marinadas… ¡Sólo calidad!)

-¡Sardinas!

Esperó a que un tufo a mar rancio la aturdiera de golpe y la mandara a un mundo de naufragios, algas marinas y nauseas, pero en cambio fue la chillona y menopáusica voz con complejo de inocencia la que en esos momentos la hacía dar un brinco ridículo por el susto y crear el desastre que precisamente había querido evitar.

-Si…

-¡Sardinas, sardinas, sardinas! ¡Qué asco sardinas! ¿Te las vas a comer?

-No…

-¡Qué asco, qué asco! ¡Cómetelas, cómetelas!

-¡Arrrg! ¡Vete a trabajar, busca algo que hacer y déjame en paz!

El poder del trapo, el poder del periódico… En realidad el poder del sentido de inferioridad del perro que se deja ahuyentar por tales objetos domésticos... Suspiró evitando nuevos gruñidos sin sentido y maldiciones inapropiadas y llenas de anglicismos, sin embargo no pudo evitar arrugar el ceño ni controlar esos instintos asesinos que amenazaban con empuñar el cuchillo de cocina y acabar de una vez por todas con el origen de sus frustraciones. Entre más sangrienta la escena mejor, más satisfacción sentiría…

Parecía gato encerrado en el espejo de mala calidad mientras iba de un lado al otro aun con el paño en la mano. Inhalar y exhalar, y contar hasta diez, y poner la mente en blanco, y ¿gritar internamente a todo pulmón…?

Ya era suficiente, ahora manos a la obra. Regresó al mesón con el rostro impertérrito. La magia del autocontrol, o algo así… La magia de ser ella misma… ¿La magia del cine…? En realidad se consideraba buena actriz… La magia de tener una mirada miserable y a la vez insoportable (pero con una definición distinta).

Contemplaba la escena del crimen sobre el aluminio rayado. Achiote líquido amenazaba con resbalar hasta el suelo si no hacía algo antes para evitarlo… Qué nombre tan extraño, y tan criollo… Y no porque supiera acerca de sus orígenes o cual sería el significado de la palabra, la verdad no tenía ni la más mínima idea (tal vez sentía un ligero interés, curiosidad que se disiparía al día siguiente al igual que los diez pasos de la entrada a la cocina…), pero aun así era tan criollo, tan criollo como ella misma… Nunca había aceptado tal término, sin embargo en esos momentos se le hacía simpaticón, salvaje, digno e incluso lo acogía con ternura. Criollo su cabello, criollos sus ojos (no miserables, sino criollos, simpaticones, salvajes y dignos), criollas sus mejillas, criollo su cuerpo… ¿Y por qué insistían en regresarla a la península ibérica? Seguro los ronroneos tan arábigos que hacían erizar la piel de los brasileños eran demasiado tangibles entre vocablos visigodos y guturales… (Sabía que decía algo sensato cuando las palabras tenían esa conexión entre consonantes, tan íntima y a la vez tan inexplicable… Algo así como cuando las personas llamaban a la casualidad, destino. Ella se contaba entre el selecto grupo, claro estaba...) Amaba Toledo, Cádiz y Salamanca, aunque nunca hubiera puesto un dedo en alguna de las tres ciudades, tampoco conocía sus referencias, mucho menos los datos curiosos… Las amaba porque en ningún otro lugar se encontraba una “T” tan elegante, un “accent aigu” tan firme, la repetición constante de una sola vocal para formar una melodía natural y perfecta…

“Don’t cry for me Argentina…” No, eso no sonaba bien… “No llores por mí Argentina…” Ahora sí, mucho mejor… Cantaba mientras con la esponja húmeda limpiaba la masacre de achiote. Este y las sardinas seguían impregnando la cocina con su aroma inexistente a mar rancio. “No llores por mí Argentina…” (Y comenzaba de nuevo porque sólo conocía el estribillo.)

Entre sardina y sardina suspiraba de forma dramática sólo para convencerse de que aquel gesto realmente era necesario. Gracias a la casualidad, o sea el destino, no eran pececitos sino más bien tiras de pececitos… No soportaría tener que asesinarlos por segunda, o quizás tercera o cuarta vez, no mientras la observaban con esos ojos miserables (pero no como los suyos propios) abiertos como platos, incapaces de volverse a cerrar (debido a la muerta y no al hecho de que no tuvieran párpados)… ¿Habría Shakespeare resuelto el sufrimiento ajeno también con una frase próximamente célebre? Seguramente si… Los ingleses vivían rodeados de peces, así que más de uno debía haberse inspirado con ellos… aunque sólo fuera a la hora de la cena. Se desplegaban ante ella dispuestas en fila como soldados firmes, como rehenes orgullosos esperando su ejecución, como samuráis derrotados por occidente… ¿Habría conocido Shakespeare una sardina…? ¿Había sardinas en Inglaterra… que no estuvieran en latas… o en latas industriales…? No, seguramente no las había… ni truchas, ni corvinas, ni bacalaos… Sólo “Fish & Chips”…

Un suspiro más… Una, dos, tres horas… Diez, quince, veinte tercios de sardinas… ¿Pero qué sandeces estaba pensando…? Los ingleses eran “true Gentlemen”… Para el resto del mundo, que no sabía utilizar anglicismos, eran simplemente “Fish & Chips”, pero no para los ingleses… O eso esperaba… Si no ya podía comenzar a recoger retazos de palabras románticas y sueños en abrigos de invierno negros bajo un perfecto cielo nublado en Londres…

Un último suspiro… Y finalmente un rápido vistazo al reloj del otro lado. (¡Desesperante no tener reloj!) Agonizaba cada segundo hasta que no aguantaba más el sufrimiento de la incertidumbre y terminaba asomándose… ¡Casi diez minutos cortando sardinas! ¿¡Sólo diez minutos cortando sardinas!? Suficiente por un día, era hora de dictar sentencia… Un ataúd de aluminio, el sonido de zapatos andando en el barrial de un cementerio, y a la morgue junto a la cebolla cercenada, las lechugas decapitadas y el queso mozarela envenenado…

Ya estaba demasiado cansada para suspirar, sólo lo hacía en esos momentos en que no era necesario, pero cuando realmente lo ameritaba simplemente apretaba los párpados y apoyaba las manos en cualquier parte… Un buen estiramiento de lumbares nunca caía nada mal, aunque la mayoría de las veces sólo incrementaba el conocimiento del lacerante dolor producto del agotamiento… (Desintegraría su último pensamiento… ¿O el penúltimo? Ese de que “nunca caía nada mal…”) ¿Cuánto más faltaba…? No quería saberlo, no quería ver el reloj… pero sabía que se terminaría asomando. Siempre lo hacía… Y conforme la noche caía cada vez más pesada las miradas furtivas eran exponencialmente más constantes también.

Maulló y ronroneó mientras se estiraba y erizaba el lomo para luego restregarse los bigotes con las patas… Ya casi, era optimista… ya casi, porque ella era feliz y con alegría el tiempo pasaba volando… No recordaba si así iba la frase, pero así le calzaba, así que desde ese instante continuaría yendo así… (¿Iba así…? ¿Yendo así…? Así, así, así, así…. Así como cuando la lengua se enreda y los pensamientos terminan hechos un nudo…) Y si era feliz entonces tararearía una canción y entonces sería feliz… Alguien había dicho que las personas se esforzaban más por aparentar ser felices que por intentar serlo realmente… No había sido Shakespeare, tendría que revisar más tarde… (pero no lo haría porque lo olvidaría como el origen del achiote y los diez pasos de la entrada a la cocina). Y quería suspirar nuevamente, pero lo necesitaba y por lo tanto no podía… Así (así, así, así…) como cuando el pánico amenaza y la primera orden neurológica es correr pero, había que admitirlo, nadie lo hacía…

Sus parpados eran de plomo y sus brazos se movían de forma autómata… Agua, esponja, jabón, tarro, agua, esponja, jabón… ¿Era una escéptica feliz… o nada más una escéptica? Si lo fuera no estaría preguntándose si lo era, nada más lo sería… Pero hacía sólo una tarde estaba completamente segura de serlo y ahora se lo preguntaba… Si no hubiera conocido la posibilidad de no serlo entonces seguiría siéndolo, o sea que el problema residía en saber que existía la posibilidad de no serlo, la posibilidad de algo distinto, de dudar… Realmente era una escéptica…

-Qué bien, qué aplicada…

Soltó el tarro sorprendida, trató de salvarlo en un acto reflejo pero entonces saltó la esponja, su cuerpo se lanzó a atraparla y entonces el agua mojó parte de su tosco uniforme, el jabón simplemente hizo erupción como el achiote líquido, salpicando todo a su alrededor como burbujas en carnaval…

-¡Wow, cuidado!

Una risa de Alicia en el país de las maravillas, una voz de noche de bar, auto descapotable y negro, y uno que otro trago desinhibido… El tarro parecía de repente tremendamente interesante, su grandeza, su transparencia, su absolutamente nada que verle… Milésimas nada más, exactas eso sí, contadas, ni una más ni una menos… Entonces se atrevió a mirar de reojo…

-¿Nada qué hacer?

-Nada.

Silencio y había llegado el momento de perderse en el paraíso… Una teoría decía por ahí que el Edén se encontraba allá por oriente. Los científicos no tenían pruebas contundentes, pero ella sí… Era un oasis entre arenas acariciadas por un sol cálido y ardiente, un oasis de aguas turbias y arremolinadas… En el andaba la serpiente, pero no era mujer y más bien tenía cuerpo de felino, de león, de rey de la selva… y susurraba y arrastraba al pozo del deseo y acariciaba los labios con manzanas rojizas, dulces, aromáticas… prohibidas…

Una eternidad… Era devuelta hasta el Génesis en donde se andaba desnudo y la mente no funcionaba, no existían pensamientos… Nada más Adán y Eva y bestias sin nombre… nada más el árbol de la vida, el árbol de la verdad que no debe ser tocado…. El tiempo era infinito en ese oasis en el que no existía la poesía, ni Shakespeare… ¿Vidrios que eran ventanas que eran espejos…? Nada de Lamborghinis, ni siquiera estribillos… Inexistentes uniformes, sustantivos y adjetivos indescifrables…  Ningún Michael…  ¿Toledo, Cádiz, Salamanca? Para que anglicismos… Ninguna masacre de achiote criollo… ¿Cebolla, lechuga y queso mozarela…? ¿Cuáles dolores lumbares…? Sólo el agua turbia del pecado…

-¡SARDINAS!

-¡Arrrg!

-¡Se acabó la noche!

-¿Cómo…?

La cocina, el reloj, el jabón, la lata industrial ahora sin sardinas, el aparato antiquísimo, la esponja y la botella… ¿Y el oasis…? Había desaparecido en cuestión de segundos escabulléndose por una esquina... Segundos, habían sido sólo segundos… Horas en su cabeza… ¿Una ilusión del desierto…? No, una ilusión creada por el agua turbia, por el agua que arrasaba con todas sus ideas, ideas que se enredaban, se creaban, evolucionaban, se soltaban, se perdían… Pero sólo hacía falta un poco de agua, un maremoto y todo se disolvía como si nunca hubiera existido… ¿Había existido…? ¡Estaba siendo escéptica de nuevo! Lo estaba siendo, pero su corazón palpitaba con fuerza, palpitaba con fuerza y sonreía… Dudaba, pero era feliz… ¡Era una escéptica feliz!

sábado, 18 de junio de 2011

Strawberry Summer




Tres de la madrugada…. El espejo que es mi ventana muestra los estragos de la noche… Mi mano recorre mi cabello con vanas esperanzas de darle la forma que alguna vez tuvo. Suspiro y lo dejó caer como quiera… ya estaba en casa y todos mis esfuerzos habían sido reducidos a sombras brumosas bajo mis ojos decepcionados. Mi bolso, mis ropas…  Empapados… Mis cosas abandonadas… Y pensar que el agua se enfriaría hasta el punto de sentirla fría realmente… 

Una de la madrugada… Mi mirada ya no sabe donde esconderse, a donde huir… Aquello no podía estar pasando… Mi perfume disuelto entre las gotas de lluvia, mi entusiasmo ahogado en hielo raspado, coloreado al igual que mis uñas y con un extraño sabor a fresa imposible de distinguir entre lo natural y lo artificial…. Pero de fresa… Definitivamente… Escapar o tercamente permanecer…  Una contradicción que en esos momentos, derretida, se mezclaba en mi cabeza… Tal vez si sólo lo ignoraba, pero como duele…

Once de la noche… Qué importa ya... Entre risas vacías y una actitud positiva ante la vida se podría engañar al fracaso rotundo. Había superado ese instante en el que las cosas pierden su importancia y lo único relevante es disfrutar cínicamente a costa de mis vanos esfuerzos. Podría lanzar la incertidumbre en el próximo bote de basura. Una rápida conversación telefónica había sido suficiente para disipar la esperanza rosa… Así que no tenía de que más preocuparme… Ahogar horas en carcajadas, minutos en viajes psicodélicos y destellantes de luz, segundos en algodones de azúcar de fresa…  Obviamente de fresa…  Ya acabaría el día… No era necesario llorar por agua derramada, de eso me encargaría luego…

Nueve de la noche… Aun demasiado pendiente de los sujetadores de mi cabello, aun manteniendo mi sombrilla en alto, tratando a toda costa de evitar  que la lluvia lavara  mi entusiasmo... Aun la inseguridad jala de la manga a la incomodidad, lanzándole miradas sutilmente inquisidoras que buscan una respuesta satisfactoria que le diera un sentido a todo aquello… Cómo réplica absoluta sólo tengo el silencio… y tal vez una mala actuación a la hora de ignorar… ¿Hablas en serio? No puede ser…  Fe, fe, también yo puedo tenerla… Es lo único a lo que puedo aferrarme…

Siete de la noche… Dedicada a mi tarea como en meses no lo hacía… Ilusiones en forma de mariposas color de fresas revoloteando a mí alrededor… Como fresas sería… Pendiente de los detalles, de que cada cosa estuviera en su lugar para poder alcanzar un aire de perfección absoluta… Un aire de dulzura y belleza sutil… Un destello de luz, el aroma y el tacto de suaves rosas, mis ojos negros expectantes, hipnotizadores… Lo había logrado… ¿Lo había logrado…?

martes, 7 de junio de 2011

Jaque



Son las arenas del desierto. Se levantan como el oleaje en el mar siendo incitadas por el viento invisible, a veces una brisa suave y delicada, a veces una tormenta salvaje e indomable. Los difusos oasis. Paraísos extraviados en ese paisaje aparentemente árido y lejano. Infinitos, inalcanzables… 

Y yo estoy en medio, sentada en flor de loto con sedas oscuras como el profundo mar envolviendo mi expresión, guantes gruesos cubriendo mis manos delicadas, el cielo estrellado rodeándome y el cantar de un halcón acompañando mi noche… 

Tomo la siguiente ficha blanca… Blanca como la pureza intachable que pretende mostrar, blanca como la inocencia en una mirada inexperta… La Reina. La obligo a salir de su trono hasta un escaque negro. Sus pasos aun son cortos y vacilantes. Los peones se esparcen estratégicamente como hologramas que reflejan los deseos del enemigo. Es hora de apartarlos… Dejo la pieza y espero…

Largos segundos se gastan antes de tomar la siguiente. Vacilo pero mis ojos ya están bajo el influjo de las joyas que brillan en el mármol negro. El jinete sobre su corcel, el agua de los oasis, verde y azul, refulgiendo en su mirada hipnotizadora. Una invitación tentadora o una trampa mortal… Un juego enigmático en el que soy cazador… o presa. Un último suspiro antes de que mi mano suelte el caballo en el escaque blanco. 

El viento aúlla, las arenas del desierto se agitan con violencia, el halcón canta una última vez… La suerte está echada…