lunes, 7 de marzo de 2011

El Espejo



Frente a mí se extiende un paisaje lejano y amplio, inacabable. Mi mirada viaja a través de un cielo azul y puro, si ningún tipo de mancha, sin nubarrones ni impurezas. Abajo el mar brilla, reflejando la luz que se convierte en metal sobre su superficie, en oro derretido que flota y me ciega. Sopla el viento a mí alrededor y amenaza con botarme desde mi cumbre, de la punta nevada de esa montaña en la que me encuentro sentada, inmóvil, impasible… Sopla el viento y revuelve mis cabellos de cobre, fuertes como eslabones sujetos entre sí, delicados como polen en la brisa, como mariposas torpes y revoltosas.

Mi mente se confunde al ver el horizonte y su luz surgiendo de un único punto. Intento concentrarme, encontrar ese espacio donde toda la materia es absorbida y hacia donde yo debería estarme dejando llevar también, pero mi mente no se mueve… Y mis piernas siguen en posición de loto… Parezco una deidad de misericordia absoluta, un santo de paciencia inacabable, un ermitaño de sabiduría adquirida… Si solo supieran… Si solo pudieran ver mis alas negras que se agitan nerviosas unidas a mi espalda… Si solo observaran con atención el color de mis ojos… Negro como ceniza, frío como el hielo… 

Estiro mi mano y mis dedos tocan mercurio. El metal surge de mis dedos y se expande en el aire hasta crear una barrera entre el horizonte y yo. De bordes barrocos, con gárgolas que rugen y arañan, observo el espejo que ahora se encuentra frente a mí. Deslizo suavemente mis yemas sobre la fría superficie y entre ondas aparece mi reflejo.  Me sonríe de forma cínica mientras sus ojos brillan con ese color que no es visible, pero que ahí está… Ese brillo como el vino, las rosas y la sangre… Yo no sonrío, pero mi reflejo si lo hace… Delineo sus labios y esto solo agranda su expresión siniestra… Yo sigo sin sonreír…

Dejo caer mi mano y del mercurio surge una igual que sostiene mi mentón. Su tacto me da escalofríos, es como el mármol en una noche invernal. Aun así mi expresión no cambia, no sonrío… Aun cuando mi reflejo comienza a reír de forma infantil, inocente si sus ojos no brillaran de esa forma tan tenebrosa. Acaricia el hueso de mi mandíbula y sube hasta mi mejilla. Delinea una de mis cejas y luego continúa hasta mis cabellos de cobre, que entre sus dedos se escurren como alas de mariposas hechas de seda. Entonces comienza a retroceder, estirando uno de los largos mechones como él óxido, hasta que finalmente lo suelta cuando su mano como el mármol desaparece detrás del mercurio… Mi reflejo ahora solo muestra una mueca curvada en sus labios, y sus  ojos se han vuelto negros como ceniza…  

Sonrío, sonrío con amplitud y siento como el cinismo se concentra ahora en mis camanances. Mis ojos se esconden detrás de una sombra y se derriten hasta volverse rojos como el vino, rojos como las rosas y rojos como la sangre... Con un movimiento veloz golpeo el espejo, y el y sus gárgolas se disipan entre volutas de niebla gris, dejando nuevamente que el brillo dorado del horizonte ilumine mi rostro. Me levanto con lentitud, sin prisa, y con una sonrisa misteriosa, clandestina, tenebrosa… Mis ala negras se estiran y aletean de forma nerviosa… Me giro y comienzo a andar abandonando mi cumbre nevada, el mar recubierto con oro derretido y el cielo que poco a poco pierde su pureza y se convierte en un manto morado…

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