lunes, 14 de marzo de 2011

Carta a un loco




Si realmente entendiera los pensamientos en los que mi cabeza se pierde, no estaría escribiendo estas palabras… O tal vez los comprendo a la perfección y por eso me aseguro de que no son simples delirios temporales que puedan extinguirse, escapar en el momento que de la orden de cazarlos, derretirse entre mis dedos cuando finalmente logre sujetarlos…

Ni si quiera sé por dónde empezar… Siempre que llego a este punto en que logro agarrar el lápiz, o en este caso el lapicero (porque es la primera vez que no estoy preparada para esto de imprimir mis pensamientos en una hoja de papel cualquiera, sacada de la caja del reciclaje), mi mente comienza a divagar… a buscarle una dirección a lo que intento confesarme a mi misma… ¿o tal vez al resto del mundo? Aun no lo descifro… Me gustaría pensar que lo hago únicamente por mí, que sólo complazco mi personalidad egocéntrica y egoísta, pero en ese caso… ¿Por qué la necesidad de escribirlo…? Posiblemente porque ni si quiera yo he logrado comprender aquello a lo que me refiero, aunque podría jurar en el nombre de tantos dioses, en los que definitivamente no creo, que estoy segura de que ahí está, ahí está y me observa… me observa desde lo más profundo de mi ser con pupilas rasgadas que reflejan el brillo cristalino de mi consciencia…

Y así continúo… Confirmando que son una realidad, pero hablando de ellos como si se tratara de pequeños alienígenas azules y de cabeza inflada, como si los hubiera leído en un libro de ocultismo, el cual escondo en mi mochila de escolar, pero del cual me siento en secreto completamente orgullosa…

Y así sigo, sigo y sigo sin llegar a ningún lado, a ningún punto en concreto… hasta que finalmente pierdo el hilo… En algún momento este se corta y es llevado por el viento, lejos de mí, libre de mí… 

Sólo cuando algo vuelve a despertar mi romanticismo (y utilizo este término de forma consciente, implicando sus dos posibles definiciones), entonces la necesidad de hacer lo que hago en estos momentos (lo que finalmente logré y aun no entiendo por qué) nace nuevamente en mí y comienza a aislar mi mente de mi cuerpo, creando diferencias entre el pensar y el actuar. ¿Qué qué es lo que logra provocarme de tal manera? Muchas cosas… Desde mi piel que intenta por todos los medios asemejarse a la canela con la que es comparada, hasta la sensación prohibida de un amor platónico… Platónico en ese sentido de que mis dedos nunca podrán tocarlo y mis labios jamás lo besarán… Aunque ya lo hayan hecho mis pensamientos y haya sido correspondida… Entonces el peso es ligero como el de plumas revoloteando sobre el mar y mi amor platónico tan dulce como las fresas…

Y siempre vuelvo a lo mismo… ¿Por qué yo, que no aguanto una película en el parque de diversiones con algodón de azúcar rosa, lloro en la soledad y escribo poesía con el corazón sangrando en la mano? Poesía… Llamo poesía a la poesía del alma y no a la de los libros de texto, llamo poesía a aquella que nace de forma espontánea y no la que se suma, resta e iguala, llamo poesía a aquella que me hace sonrojar y no pensar… Y seguro algunos leerán esto y pestañearán de forma ridícula y molesta no sabiendo si buscar una explicación lógica, tal vez un pensamiento ajeno a mi persona, o si aceptarlo e interpretarlo por lo que es… Reirán sin saber decidirse entre la burla o el nerviosismo. Posiblemente habrá algunos que tuerzan la boca y miren con decepción estas palabras mías. Incluso estoy segura de que otros ganaran retos… Ja… Ganarán retos de mí, a mis espaldas y no compartirán sus ganancias conmigo…

Ya ven… Este tema es uno que me es imposible tratar. Intento llegar al fondo del mismo, realmente lo intento y me esfuerzo en serio, pero mis propias palabras confabulan contra mí para no abandonar el cinismo que me caracteriza (o más bien que he hecho creer que me caracteriza… o tal vez si sea real… supongo que es dependiente de la perspectiva) y parecer que intento burlarme de mi misma…

Ahora tendré que cortar el hilo, porque mi tiempo se ha agotado. Quizás tenga la valentía de continuar después con un poco de razón y lógica, pero entonces los resultados serían muy diferentes, ajenos completamente a la médula que pretendo poner al descubierto…

Sin embargo, ahora que lo pienso, debería considerar este desperdicio de tinta y tiempo como mi primer intento fallido de explicar al mundo por qué el adjetivo “locura” (que extraño pensar “adjetivo” y escribir el substantivo teniendo en la mente el adjetivo, pero irónico no tener las ganas de tacharlo con una doble línea y corregirlo luego) no es uno que se pueda autoproclamar como propio…

Realmente, de todo corazón, lamento haberlos hecho perder su valioso tiempo…

Misión fallida…

Atentamente,
Alguien cuerdo. 

P.D: No me desanimaré, lo intentaré de nuevo…

lunes, 7 de marzo de 2011

El Espejo



Frente a mí se extiende un paisaje lejano y amplio, inacabable. Mi mirada viaja a través de un cielo azul y puro, si ningún tipo de mancha, sin nubarrones ni impurezas. Abajo el mar brilla, reflejando la luz que se convierte en metal sobre su superficie, en oro derretido que flota y me ciega. Sopla el viento a mí alrededor y amenaza con botarme desde mi cumbre, de la punta nevada de esa montaña en la que me encuentro sentada, inmóvil, impasible… Sopla el viento y revuelve mis cabellos de cobre, fuertes como eslabones sujetos entre sí, delicados como polen en la brisa, como mariposas torpes y revoltosas.

Mi mente se confunde al ver el horizonte y su luz surgiendo de un único punto. Intento concentrarme, encontrar ese espacio donde toda la materia es absorbida y hacia donde yo debería estarme dejando llevar también, pero mi mente no se mueve… Y mis piernas siguen en posición de loto… Parezco una deidad de misericordia absoluta, un santo de paciencia inacabable, un ermitaño de sabiduría adquirida… Si solo supieran… Si solo pudieran ver mis alas negras que se agitan nerviosas unidas a mi espalda… Si solo observaran con atención el color de mis ojos… Negro como ceniza, frío como el hielo… 

Estiro mi mano y mis dedos tocan mercurio. El metal surge de mis dedos y se expande en el aire hasta crear una barrera entre el horizonte y yo. De bordes barrocos, con gárgolas que rugen y arañan, observo el espejo que ahora se encuentra frente a mí. Deslizo suavemente mis yemas sobre la fría superficie y entre ondas aparece mi reflejo.  Me sonríe de forma cínica mientras sus ojos brillan con ese color que no es visible, pero que ahí está… Ese brillo como el vino, las rosas y la sangre… Yo no sonrío, pero mi reflejo si lo hace… Delineo sus labios y esto solo agranda su expresión siniestra… Yo sigo sin sonreír…

Dejo caer mi mano y del mercurio surge una igual que sostiene mi mentón. Su tacto me da escalofríos, es como el mármol en una noche invernal. Aun así mi expresión no cambia, no sonrío… Aun cuando mi reflejo comienza a reír de forma infantil, inocente si sus ojos no brillaran de esa forma tan tenebrosa. Acaricia el hueso de mi mandíbula y sube hasta mi mejilla. Delinea una de mis cejas y luego continúa hasta mis cabellos de cobre, que entre sus dedos se escurren como alas de mariposas hechas de seda. Entonces comienza a retroceder, estirando uno de los largos mechones como él óxido, hasta que finalmente lo suelta cuando su mano como el mármol desaparece detrás del mercurio… Mi reflejo ahora solo muestra una mueca curvada en sus labios, y sus  ojos se han vuelto negros como ceniza…  

Sonrío, sonrío con amplitud y siento como el cinismo se concentra ahora en mis camanances. Mis ojos se esconden detrás de una sombra y se derriten hasta volverse rojos como el vino, rojos como las rosas y rojos como la sangre... Con un movimiento veloz golpeo el espejo, y el y sus gárgolas se disipan entre volutas de niebla gris, dejando nuevamente que el brillo dorado del horizonte ilumine mi rostro. Me levanto con lentitud, sin prisa, y con una sonrisa misteriosa, clandestina, tenebrosa… Mis ala negras se estiran y aletean de forma nerviosa… Me giro y comienzo a andar abandonando mi cumbre nevada, el mar recubierto con oro derretido y el cielo que poco a poco pierde su pureza y se convierte en un manto morado…

domingo, 6 de marzo de 2011

Burbujas



Despierto en una nube. Una nube suave, hecha de pequeñas burbujas de jabón que brillan reflejando el arcoíris en su superficie. Despierto en una nube rodeada por un cielo difuminado, de colores rojos, rosados y amarillos. Mi mano se alza hasta mi frente y baja hasta mi mejilla, reconociendo mi piel falta de bronceado, mis pómulos sonrosados sólo porque si. Me siento sobre la blanda superficie como algodón y tomo un puñado que se escurre entre mis dedos. Lo soplo y las bombas en miniatura vuelan libres dejándose llevar por mi aliento cálido. Sonrío y además una risa tonta abandona mis labios. Tomo un puñado con ambas manos y mi visión es cegada por el reflejo de miles de colores en pequeñas pompas que se dispersan en el cielo gracias a mi aliento cálido. 

Me dejo caer de espaldas con los brazos extendidos y al instante plumas de colores púrpura, y celeste saltan al aire para luego caer con parsimonia, flotando largos segundos en la nada hasta posarse a mi lado. Rio nuevamente y entre murmullos pronuncio nombres que mis pensamientos no alcanzan a escuchar. Giro mi cabeza y el sol, que me observa, me deslumbra con su dorado blanquecino. Mi cuerpo se apoya ahora sobre mi costado para poder ver el atardecer desde una posición cómoda mientras mi dedo índice recorre la nube de algodón de azúcar, dejando un trazo de espirales, círculos y pétalos. 

Repito tu nombre, lo repito entre risas, lo murmuro entre mis labios, lo susurro para mí misma… Y veo el atardecer mientras floto en esa nube de burbujas y plumas ingrávidas y dulces. Entonces te veo vestido con sweater azul y una sonrisa radiante, y vuelvo a reír. Te veo con ojos cálidos y expresión serena, y me dejo arrullar. Te veo en el horizonte, te veo debajo mío paseando con las manos en los bolsillos, te veo en mis pensamientos, te veo en mis sueños, y te veo frente a mi ahí presente y al mismo tiempo inexistente.

Cierro los ojos y no entiendo que sucede. ¿Por qué estás aquí? No deberías… No te conozco y aun así sonrío cuando te veo, sonrío cuando me llamas… Sonríes cuando finges estar a mi lado. ¿Estás sonriendo o sólo lo dices para verme sonreír? Yo te creo, creo en tus palabras y hago lo mismo. Yo te creo y me dejo llevar actuando mi papel con tal perfección que parece real. Quiero que sea real, por lo menos intento que sea real. Mi mente divaga confundida ¿En qué creer? ¿Para qué creer? ¿Por qué creer…? 

Lo mejor es simplemente abrir los ojos y encontrarme con ese atardecer rosa y la nube en la que floto, con tu sweater azul y tu camisa de botones roja. Si esa camisa está bien, es suficiente para hacerme creer y mantenerme en mi nube de plumas y burbujas…