-¿Por qué me sigues?
-Vamos al mismo lugar…
-¿Se te perdió algo en la facultad de artes…?
-Voy a la cafetería…
-Ve a la de ciencias.
-No tiene pastel de chocolate los martes.
-Nunca te ha gustado el chocolate.
-Ando bajo de energías…
-Ve a dormir.
-Aun tengo cosas que hacer…
-Ya se acabaron tus clases.
-No hablo de la Universidad…
Se detuvo en seco, girándose repentinamente y encarándolo directamente. Él la miraba con ojos brillantes, evidentemente divertidos, y una sonrisa apenas visible, curvada en un gesto de burla. A su alrededor el flujo de gente continuaba. Iban de aquí para allá, ahogando la naturaleza en risas, conversaciones de celular y campaneos de bicicleta. Como fondo permanente se escuchaba el flujo revoltoso del pequeño riachuelo, el motor de los carros y uno que otro bocinazo repentino.
Aspiró profundamente, tomando el tiempo para no caer en el histerismo, y se obligó a aflojar el fierro agarre que ahora sus dedos ejercían sobre la gastada correa del maletín. Entre más temprano lo afrontara mejor… En realidad sabía que eso era una mentira, pero no imaginaba poder seguir aguantándolo. Tal vez debería recomendarle que se decidiera a tirarse del pequeño puente a sólo tres cuadras de ahí. Lástima que igual el río siguiera siendo insignificante en ese punto, no moriría ahogado ni aunque lo intentara… Y si así fuera… Existía ese molesto refrán acerca de la mala hierba que le daba inmunidad e inmortalidad… Nunca se libraría de él… “¡Qué fastidio…!”
-¿Qué quieres?
-Nada…
-Entonces déjame en paz…
-¿Por qué no me quieres decir?
-No te incumbe…
-Mencionaste mi nombre.
-¿Quieres cuenta de los Juanes en el registro…?
-Sabes bien a lo que me refiero.
Su mirada se endureció de repente. Ella por su parte comenzaba a alarmarse y hacía unos momentos ya que había dejado de verlo; no podía mantener el contacto visual, no mientras él la observara así. Un molesto calor, que cada vez se hacía más intenso, empezaba a ascender por sus mejillas; esperaba nada más que este fuera camuflable con el frío de un otoño que muere...
-¿Por qué me evitas…?
Silencio.
-No pudo haber sido tan malo…
Más silencio. Su rostro se estaba incendiando.
-O tal vez fue tan bueno que…
-¡Ya cállate!
Una que otra mirada curiosa se perdió en ellos el tiempo que se dura en cruzar la imponente entrada a la biblioteca. Quería sacarle los ojos a todo aquel que osara hacer algún gesto o se atreviera a cualquier risilla, sin embargo su dignidad aun luchaba incansable por mantenerla en pie. “Gracias a Dios…”
-¿Eso es un sí…?
Y él lo estaba disfrutando. Sabía que le encantaba la atención y el drama; y que aquello estuviera sucediendo en plena tarde soleada, con un público digno y ansioso de entretenimiento, lo hacía en exceso feliz. ¡Cómo lo odiaba!
No tenía sentido alguno. Bien lo había pensado, daba igual enfrentarlo o no. Las cosas no cambiarían, con él simplemente no mejorarían, tampoco se olvidarían. No tenía escapatoria. Sin embargo en esa ocasión no estaba dispuesta a darle una vez más el placer de destrozar su cordura.
-¡No te seguiré el juego, así que no me fastidies más…!
Seguiría con su camino y dejaría la conversación morir ahí. Eso sería lo mejor… Lastimosamente esta había sido sólo su idea y él no parecía compartirla.
La tomó de la muñeca mientras que rodeaba su cintura con el brazo, tan sutil y elegante como una serpiente, tan fuerte y letal como una constrictora. Fue sólo un instante en el que ella se había convertido en prisionera…Sus latidos chocaban entre sí, interponiéndose uno contra el otro; ambas mejillas se encontraban en un caricia melosa y completamente inocente… Aquello era sólo un descaro a ojos de los demás estudiantes… para ella, una crisis.
-¿Qué haces…? –Su voz susurrada se deslizó como niebla por la línea curvada del cuello ajeno. Esta destilaba sorpresa, desconcierto… y miedo. Miedo a sus reacciones, a su pobre mente desbocada, a lo que su amigo pudiera reconocer…
-Si no fueras tan perezosa… -Sentía el cálido aliento sobre su piel y esa sonrisa cínica y desesperante que ni siquiera en sus palabras era disimulable. –Si una sola vez dejaras tu vagancia de lado y estudiaras hasta tarde… Hasta después de que yo ya me hubiera acostado… -Los suaves labios rozaron cerca de su oído. –Entonces me escucharías a mí también llamarte en sueños…
Al soltarla nuevamente el bullicio de la calle pareció ser más alto aún, bloqueando completamente su sentido de la audición. Se encontraba inmóvil, clavada en aquel lugar, observada por los leones centenarios guardianes de las viejas puertas de madera. Él había comenzado a andar nuevamente en dirección contraria a la facultad de artes…

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