viernes, 1 de junio de 2012

Soledad




Soledad, amiga mía. Tiempo sin verte. Tiempo sin disfrutar tu silencio y tus dulces caricias.

Soledad, cuantos sueños y fantasías compartí junto a ti. Aquellos junto a la ventana, la nieve cayendo lentamente, cada copo inspirando un pensamiento más.

Soledad, contigo reí, lloré y sucumbí a mis más bajos deseos. Me consolaste en esos momentos inexplicables, en los que no me reconocía, me brindaste tu hombro maternal.

Soledad, siempre ahí a la hora de la locura y el desenfreno. Tanto alcohol, tantas drogas. Noches de música y vicios. Noches sin pudor o moral.

Soledad, mi máscara, mi verdadero ser, mi creación. Vago es el instante en el que me transformaste, difusa la naturaleza de mi nueva identidad.

Soledad, serviste de confidente, de mano derecha... de mano izquierda. Tantos planes para dominar al mundo. Tanto odio, tanta venganza, tanto amor, tanta seducción.

Soledad, me forjaste con golpes y fuego, me esculpiste con dedicación y paciencia. Me enseñaste el siginificado de cada paso, de cada gota de sudor, de cada suspiro junto a la almohada.  

Soledad, fuiste la única junto a mí cuando mas lo necesité. Y quién más si no tú, Soledad.

Soledad, no tengo nada más que aprender.

Soledad, oscureces las estrellas y los planetas. Ese universo que descubrí en un tarrito de mermelada.

Soledad, enfrías mi piel. Con tu brisa, con tu silencio, con tu vacío.

Soledad, robas mis besos y con ellos el calor que por fin descubrí.

Soledad, no conoces la vida en sus ojos, ni la alegría en su sonrisa. No conoces el sol en su cabello o la juventud en su voz.

Soledad, es como los árboles verdes que explotan en primavera. Soledad, es como el calor ardiente de un día de verano.

Soledad, es escandaloso como un río, es dulce como el cielo azul y las nubes blancas.

Soledad, es mi palpitar y mi nerviosismo, es mi illusión, mi razón, la risa que se escapa, el llanto incontrolable, el deseo ardiente, la locura delirante, el argumento sin explicación, la fe de una religión, el respeto de un héroe, el amor de una mujer, la protección de un hombre.

Soledad, es lo que busco.

Soledad, él es mi compañía.

viernes, 24 de febrero de 2012

64 d.C.




Sus labios entreabiertos dejaban fluir el aliento cálido de sudor y tierra, de sangre no probada. Su respiración era pesada, entrecortada… su garganta estaba seca, invadida por la sed que sólo el dolor ajeno, la desesperación y el arrepentimiento pueden causar... Sus ojos dilatados se hundían en un vacío de confusión y arrepentimiento, sentimientos que ni siquiera el agotamiento podía ahogar en el olvido. Sus oídos eran hechizados por pasos lejanos y amortiguados, tal vez un llanto tardío que cantaba sus últimas notas... Ni siquiera la juventud era perdonada...

La brisa insensible se colaba en la escena estrellándose contra el calor de su cuerpo, que sus músculos aun tensos todavía generaban... le provocaba escalofríos de terror... Con sus espirales invisibles se terminaba de llevar la vida que pululaba entre los cuerpos inmóviles; que ya no pertenecía a ese mundo, si no a la incertidumbre de un más allá, de un abajo, de algo que trasciende...

Su mirada reunía el valor que no había tenido antes para levantarse y contemplar, resignada ya, los pecados de sus manos... manos que se aferraban al mango de una espada fría... manos como aquellas otras que habían suplicado a sus pies...

Un gemido de dolor, un quejido involuntario del corazón escapó de su pecho al contemplar el resultado final de una obra ajena... un llamado que había seguido en el nombre del Imperio, una locura que había manchado sus dedos de forma permanente...   

Las lágrimas saladas surgieron inevitablemente ante los cuerpos semi desnudos gracias a las telas rasgadas. Ríos de sangre se deslizaban por las curvas de extremidades dobladas en ángulos anormales... Írises sin vida observaban lánguidamente las escaleras destrozadas de lo que hacía sólo unas horas había sido un hogar; un cielo irónicamente azul que pronto comenzaba a reflejar la desolación en sus nubes grises de ira y tormenta... Pupilas muertas que lo miraban fijamente atravesando su consciencia con dagas de culpabilidad.

Hombres por doquier, amontonados, recostados unos contra otros... olvidado bajo un muro de piedra, abandonado bajo un pilar de marmol... Maridos con su último valor derrotado, viejas ya cansadas y sin más fuerzas para huir... Una madre que intenta protejer a su hijo... Un bebé interrumpido en su incomprensible confusión...

Qué pecado es la fe... Qué peligro es la esperanza...

Sollozos lastimeros y temblores incontrolables lo sacudían...

A cuál dios había ofendido... Por cuál luchado... A quién seguía... Ante quién respondería...